De repente, el mundo se ha visto bajo el ataque implacable de un extraño virus que se extiende con la rapidez que fluye la información y con ayuda de la gran movilidad de individuos que desconocen su estado de portadores, contagiando a cerca de 100.000 personas, y cobrando la vida de más de 9.000. La gravedad de la pandemia, calificada por la Organización Mundial de las Salud, ha obligado a los gobiernos de los países afectados a tomar medidas extremas que apuntan hacia el aislamiento de toda la población para evitar el contagio directo e indirecto. Estas medidas, en la medida que son acatadas por la población, como en el caso de China, albergan la esperanza de controlar su expansión y posiblemente su eliminación. Sin embargo, tienen como efecto colateral serias repercusiones en las actividades productivas, cotidianas y toda clase de servicios.

La sumatoria de estos efectos, en pocos días, resulta en graves afectaciones a la economía local, nacional e inclusive mundial. Una de ellas es el derrumbe de los precios del petróleo, que arrastra las economías dependientes de este, como la ecuatoriana. A nivel local, se producirá una fuerte recesión económica, pérdida de fuentes de trabajo formal e informal, reducción de recursos humanos en el gobierno central, provinciales y municipales. Muchas empresas y negocios de todo tamaño se verán obligados a cerrar. La inversión extranjera se detendrá. En resumen, enfrentaremos una crisis económica como no la hemos tenido desde que, afortunadamente, dolarizamos la economía.

Dejando en claro que el objetivo “PRIORITARIO” es ganar la batalla contra el COVID-19 para salvar la vida de los conciudadanos, a pesar de los efectos económicos que estas medidas  pudieran tener, es imprescindible voltear la mirada a miles de compatriotas que, sin duda alguna, la están pasando muy mal desde el primer día que se tomaron las medidas de aislamiento masivo. Grandes sectores urbanos y rurales, habitados por familias numerosas cuyos ingresos se generan, con suerte, día a día, necesitan ayuda para sobrevivir mientras dure la emergencia. ¿De qué manera podemos ayudar?

La ayuda debe ser directa sobre las necesidades básicas cotidianas, como alimento, vestido, medicinas, electricidad, gas, etc. La ayuda debe venir de la sociedad, por medios directos, como la misma población, en cualquier manera que los puedan hacer. Mientras que el sector público debe hacerse presente SIN DEMORA por medio de sus cuatro niveles de gobierno. La primera decisión debería ser el análisis del presupuesto aprobado 2020 para re-direccionar los recursos que sean posibles y dotar de implementos que se requieren en el combate del virus, como máscaras, jabones, respiradores, kits para detección rápida, equipo para personal médico, seguridad, bomberos y otros que atienden los servicios públicos.

Los Municipios podrían actuar de inmediato suspendiendo el cobro de servicios de agua potable, recolección de basura, impuesto predial, tasas administrativas, y similares por al menos 90 días, sujeto a revisión para mantenerlas.  Pueden colaborar con insumos a ser repartidos en la población y el personal que brinda los servicios médicos. Deberían habilitar espacios para albergar pacientes afectados, en caso se supere la capacidad del sistema de salud nacional. En definitiva, replantear sus presupuestos.

Los gobiernos provinciales podrían colaborar con alimentos, medicinas, transporte de víveres a las comunidades, indumentaria, etc. con recursos propios. Deberían asistir a los pequeños productores para comercializar “puerta a puerta” sus productos en la zona urbana y abastecer sus necesidades alimentarias, fomentando las asociaciones de comunidades para comercializar sus productos de manera conjunta, reduciendo su movilidad. En fin, es hora de SOCORRER a las familias que necesitan de ayuda humanitaria inmediata.

¡S.O.S Actuemos tan rápido como el virus! (O)