Existen discursos emotivos, sabios, dramáticos, ridículos, faltos de coherencia y los de Nicolás Maduro. Hace unas pocas semanas, manifestó que existe una campaña xenofóbica contra los venezolanos en el mundo que debe ser denunciada ante las Naciones Unidas, que sus conciudadanos no dudarán en contar con las embajadas y consulados para evidenciar aquellos actos de violencia.
Más allá del respaldo moral y el sarcasmo de aquel discurso, la situación dramática en este país sigue siendo la misma. Las decisiones de este mandatario y su gobierno han sido la causa principal para que miles de venezolanos en la desesperación de sobrevivir y mantener a sus familias salgan a otros rincones del mundo. Maduro trata de buscar culpables, cuando la responsabilidad recae sobre sí mismo. Este mandatario y su falta de capacidad para gobernar una nación, ha motivado al escape.
Algo parecido, aunque no en tan drásticas consecuencias, sucede en nuestra ciudad. Por años las autoridades de turno se han encargado de convertir a Latacunga en un terreno baldío de oportunidades que obliga a los jóvenes, profesionales y familias a huir de ella con la promesa de volver únicamente los fines de semana, los feriados y en Mama Negra. Muchos de ellos aman Latacunga, pero la necesidad de superación, desarrollo personal e ingresos económicos son mucho más fuertes que el sentimiento.
Vivimos en una ciudad donde la gran mayoría de cargos públicos se han otorgado a dedo, por compadrazgos o intereses. En innumerables ocasiones se ha visto a funcionarios que disfrutan de jugosas remuneraciones por jugar en la computadora, conversar por teléfono, pintarse las uñas y hasta dormir. La peor parte de la historia es que estos individuos con vocación de parásitos, están predestinados a durar por años gracias a los nombramientos y a la vista gorda de sus jefes que también son parte de este círculo vicioso.
Vivimos en una ciudad donde se prefiere contratar profesionales de otras ciudades aunque existan latacungueños con capacidad igual o superior. ¿La razón? Pura conveniencia.
Vivimos en una ciudad donde los contratos y las obras son para los mismos de siempre. No se cree en la juventud, el talento y la innovación. A pretexto de la experiencia los beneficios siguen siendo para un grupo reducido de profesionales que por casualidad también son sumamente hábiles en utilizar artimañas y acuerdos con las autoridades de turno.
Vivimos en una ciudad desordenada, sucia, caótica, sin ley ni orden, razones suficientes para que los emprendimientos, empresas, franquicias e instituciones desistan de instalarse y consecuentemente la oferta de empleos sea mínima.
En definitiva, vivimos en una ciudad en la que por años las autoridades de turno se han encargado de ahuyentar a jóvenes latacungueños valiosos, profesionales y con una capacidad extraordinaria. Lo más irónico es que mientras de aquí se los expulsa conscientemente, otras ciudades los reciben con los brazos abiertos y les han brindado fuertes razones como para que se queden.(O)

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

doce − 11 =