Dicen que Dios perdona pero el tiempo no. Los seres humanos por naturaleza dejamos ciertas acciones para mañana con el pleno convencimiento que habrá más tiempo, dinero o salud para luego.
Con el paso de los años, vemos que los momentos se escaparon de nuestras manos para concluir amargamente que no hay segundas oportunidades. Entonces el arrepentimiento, la frustración y el coraje nos invaden, y con ello también creamos un sinfín de escenarios imaginarios sobre qué hubiera pasado si…
“Si hubiera tomado tal o cual decisión, seguramente estaría mejor ahora”…
Somos víctimas de nuestra comodidad. Al mismo tiempo que nos atrae tomar decisiones radicales, también nos aterroriza salir de nuestra zona de confort. Pensamos más en las consecuencias catastróficas de lanzarnos al agua en lugar de lo bueno que será para nosotros. Pese a sentirnos seguros nos intriga saber qué hubiera pasado si hubiéramos decidido o actuado de diferente manera; nos queda entonces ese sabor amargo de la incertidumbre.
En este escenario se suman también todos aquellos sentimientos que nunca se expresaron. El cariño y el afecto que no se dieron a nuestros familiares y amigos; los abrazos, los besos y los te quiero perdidos. Algo que duele profundamente cuando ya no están con nosotros.
Nos lleva también a la frustración, el no haber manifestado nuestro enojo o malestar con aquellas personas que cometieron actos de injusticia o prepotencia. Soportamos el maltrato y la humillación por temor al “qué dirán”.
Dejamos para un momento especial aquel traje, perfume o peinado, con la esperanza de tener la fiesta o reunión para estrenarlo. Lo que sucede es que nunca llega, y si llega, para aquel entonces ya ha pasado de moda.
Pensamos que moriremos de viejos, sin imaginar que un accidente, por pequeño que resulte, puede ser el final de nuestra historia. Nos sumimos en el letargo de la espera, acumulamos bienes y ambiciones, mientras restamos a nuestra vida experiencias .
Soñamos con encajar en los estereotipos que la sociedad nos impone, nos frustramos en el camino y dejamos de ser libres para complacer al resto. No somos conscientes que en el propósito de alcanzar esos objetivos superficiales dejamos nuestra felicidad de lado y nos sumimos en un letargo de espera y ansiedad.
Con el tiempo, he llegado a concluir que definitivamente no hay segundas oportunidades y solo depende de nosotros hacer de nuestra vida una grata experiencia de aprendizaje, o un minucioso inventario de bienes y arrepentimientos.
Al final del camino las excusas o las justificaciones están de sobra, solo nos quedamos con los momentos…(O)

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