Espero estimado lector que como parte de su lectura de los jueves haya completado la canción y esté disfrutando en su mente del homenaje que la Orquesta Guayacán le hizo a Cali hace ya 30 años, describiéndola en los inicios de los 90, cuando el caleño encontraba en la música su desfogue para olvidar por un momento el dolor que la guerra del narcotráfico le producía juntamente con su entonces “rival” Medellín.

                  Usé este estribillo tan conocido para compartirle que por tareas profesionales estuve en la capital del Valle del Cauca, la ciudad de la Pachanga, la sucursal del cielo, o como quiera llamarle a Cali, como era lógico aproveché también para conocerla y obvio ir pensando en los elementos de la experiencia caleña que podrían servirnos para mejorar la calidad de vida de los latacungueños y penosamente, le tengo malas noticias.

                  Así es, llegué a Cali con la “vara muy alta”, hace unos años conocí Medellín, tierra paisa, la ciudad de la eterna primavera, capital del departamento de Antioquia y quedé enamorado, la recorrí en transporte público, viví la experiencia de sus museos, comunas, de la rumba e incluso de las compras a precios módicos y creía que Cali iba a ser igual, o al menos parecida, me equivoqué.

                  Para empezar es una ciudad que privilegia al auto por encima del peatón, sus veredas son estrechas y los cruces peatonales están colocados en indebido lugar; hay vías de tres carriles, en donde los conductores hacen 2 filas y se estacionan en otras 2; que cuando llueve se inunda ¡Ah! Y penosamente los caleños dicen “a dónde le voy a llevar para que conozca si en Cali no hay nada que conocer, esto no es Bogotá ni Medellín”, lamento decirle que en parte esa última afirmación me desmotivó a la ruta de museos que siempre hago en las ciudades que visito.

                  ¿Qué es importante para que una ciudad sea atractiva para el turista? Que se la pueda caminar, que tenga actividades que desarrollar, que los museos que cuenten su historia estén abiertos, que sus parques se puedan recorrer 24 horas, que el tráfico sea ordenado, que esté bonitamente arreglada, que tenga publicidad, que haya información turística y sobre todo que sus habitantes sean los mejores anfitriones y para serlo hay que conocer el pedacito de tierra que los vio nacer, amarlo, cuidarlo y claro, promocionarlo.

                  Todo lo primero es labor de las autoridades, pero lo segundo es NUESTRA responsabilidad (sí, en mayúsculas), amar a Latacunga va más allá de un slogan, de recordarla en su aniversario de Independencia el 11 de noviembre (y no de fundación como por ahí se dijo), amarla es entender de dónde venimos y proyectar a dónde vamos, pero por encima de todo, conocerla y esta tierra es bendita porque a pie se la recorre en poco tiempo, Latacunga es caprichosa, porque mezcla arquitectura de diversos tipos, es artística en todas sus manifestaciones, es cultural, es mágica y por eso es perfecta, es el momento de entenderlo así, vivirla a plenitud y claro, promocionarla.

                  Piense por un momento en el estribillo inicial de la canción de Guayacán “Si huele a caña, tabaco y brea; Usted está en Cali ¡ay! Mire vea” ¿A qué huele Latacunga? ¿Qué aromas nos podrían identificar? ¿Cómo nos reconoceríamos al llegar? Hagamos de nuestra vivencia diaria la fragancia de Latacunga “que huela a limpio” como dicen las mamás y además a chugchucara, allulla, tortilla, pero además a obras y sobretodo al aroma del amor por esta bella tierra que lo tiene todo.