En el mundo de la ajedrez, es común que un gran maestro juegue partidas de exhibición ante un gran número de jugadores al mismo tiempo. A estas maratones ajedrecísticas se  las conoce como simultáneas. Al parecer, el presidente ruso, Vladimir Putin, está jugando varias partidas, con libretos de acuerdo a sus rivales.
Así, su partida en la frontera ucraniana, es de concentración de fuerza, cuyo objetivo sería lograr, como sea, la reincorporación de Ucrania al renaciente Imperio Ruso. La partida que juega con Estados Unidos es variable, según el tipo de contendor.
Todas las escaramuzas que ha jugado con presidentes americanos, desde Bush hijo hasta Trump, las ha ganado con relativa facilidad. Su “blitz” en Georgia en 2008, con la desmembración del estado georgiano y la creación de unas Repúblicas, Abjasia y Ossetia, bajo el control ruso, se desarrolló sin ninguna reacción de Estados Unidos, más allá de algunas admoniciones intrascendentes, durante la administración de Bush. Con Obama, le tocó jugar dos partidas.
La primera, en un escenario muy complejo, como fue el de la guerra civil siria, en un momento en que el sanguinario dictador al Assad, heredero de la dinastía iniciada por su padre Hafez hace 50 años, se hallaba al borde del jaque mate. El padre siempre fue un aliado fiel de la extinta URSS, y a Putin le interesaba que su hijo lo fuera del nuevo ocupante del Kremlin, o sea, él. Assad, desesperado por el curso del conflicto, atacó a los rebeldes con todas sus fuerzas, pero ya desbordado, resolvió emplear también sus armas químicas contra la población civil.
Esto caso precipitó la intervención de varios países occidentales, pero Putin, in extremis, se ofreció como mediador y garante de la entrega del arsenal químico sirio, para evitar nuevos ataques, lo que por supuesto, no sucedió, pero sirvió para detener la inminente acción contra Assad. Desde las bases navales y aéreas con que Assad premió a su protector, Rusia fortaleció decisivamente su presencia en Siria, salvando a un importante peón en el tablero regional, pero sobre todo, asegurando una fuerte posición rusa en el Mediterráneo oriental.
Su siguiente partida fue más arriesgada, y lo enfrentó con el presidente Obama, al repetir en Crimea, parte de Ucrania en ese momento, la jugada que ya había hecho en Georgia, con la creación de una República imaginaria pro rusa, y su inmediato reconocimiento por parte de Rusia, para su incorporación al Imperio a través de un plebiscito.
Nuevamente, más allá de unas protestas vocales y unas sanciones económicas, paliadas por masivas ventas de gas a China, la política de hechos consumados de Putin funcionó muy bien.
En éstos momentos, juega partidas simultáneas, en diversos escenarios. Con su inquietante vecino, China, juega una que promete ser larga, como la frontera que los une y separa a la vez, por la que se enfrentaron en batalla hace algunos años.
La partida está igualada, pero en términos amistosos, hasta de alianza. No está claro cómo responderá China a la jugada de Putin, acercándose a India, proveyéndola de armamento. China e India se han enfrentado por la posesión de las fuentes de agua del Himalaya, vitales para los dos países. Se han registrado recientemente choques violentos, con muertos de lado y lado.
La tercera partida la juega con Estados Unidos, sobre el tablero ucraniano. La cumbre virtual con el presidente Biden no despejará las dudas que la concentración de fuerzas rusas despiertan. Ominosamente, ésta cumbre coincide con el 80 aniversario del ataque japonés contra Pearl Harbour, el 7 de diciembre de 1941, la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra
Mundial. La partida contra la UE, se podría decir que concluyó en un mate pastor, en los primeros movimientos de la partida, con la capacidad evidenciada por Rusia de paralizar a Europa, por su control del abastecimiento del gas para la calefacción en invierno, y para las necesidades energéticas para la industria.
La credibilidad de una voluntad política de la UE para actuar, inclusive militarmente, en defensa de sus principios y aliados, queda en entredicho, ante su falta de inversión en su defensa, en armas, equipos y tropas. La presencia del “paraguas” norteamericano, nuclear y convencional, ha originado la complaciente inacción deuna comunidad europea que, al parecer, no está dispuesta a defenderse a sí misma. Parecería que, en esto al menos, no andaba muy descaminado el ex presidente Donald Trump, al demandar un mayor compromiso europeo.
No se explica la aceptación del gasoducto Nordstream, por el Mar Báltico, sabiendo que su existencia significaría, además de aún mayor dependencia energética de Rusia, la posibilidad que ésta lo utilice para estrangular económicamente a Ucrania. No es posible el ceder siempre ante la fuerza y el chantaje. Ante el matón, ante el abusivo, mientras más rápido se pongan los límites, mejor será.
La inolvidable invectiva de Winston Churchill a Chamberlain, tras entregar Checoslovaquia a Hitler, resuena en el tiempo; “a ud se le ofreció la opción del deshonor o la guerra. Ud. escogió el deshonor y tendrá la guerra”. Un año después, Hitler atacaría Polonia, iniciando la Segunda Guerra Mundial.