La humanidad se inició con un hombre y una mujer, que constituyó la primera célula de nuestra sociedad. Siendo el uno para el otro, no podían dejar de ser sociables. Pronto vendría su prolífera descendencia que fue poblando la Tierra. Poco a poco se diferenciaron las razas, las culturas, los continentes. Desde las rudimentarias aldeas, se construyó una civilización que mantuvo como una característica común a todas ellas, la vida en comunidad. El ser humano es, sin duda alguna, sociable, a diferencia de otras especies que llevan una vida solitaria. Seguramente por esta razón, hemos desarrollado un sentido inconsciente de pertenencia a un grupo humano y nos volvemos interdependientes.

Ante el desafío de sobrevivencia que a esta hora enfrentamos, sentimos una profunda necesidad de compartir de manera más intensa la vida en nuestro espacio familiar, como buscando refugio seguro ante el peligro que acecha fuera de nuestra puerta. Recurrimos al cálido espacio que nos brinda una madre, nuestros hijos, nietos y todos aquellos que son parte de nuestro ser. Sentimos una nostalgia que nos atrae y nos conforta. Cada vivencia que experimentamos en este mundo limitado de confinamiento, es alimento para el espíritu, por pequeña que fuere. Hemos superado la sensación de asfixia espacial y rebeldía que sentimos las primeras horas, para conquistar de a poco cada milimétrico espacio de nuestro ‘territorio’.

Los días van pasando. La incertidumbre se mantiene. La esperanza vive. Nuestra mente recorre los callejones de nuestra imaginación en busca de algo que no podemos explicar. En nuestro interior albergamos dudas y temores que no aceptamos enfrentar. Sentimos el peligro de no poder alimentar a nuestra familia, perder los ingresos, temor a enfermar y muchos otros. Las noches se hacen más largas, los sueños más cortos. Nos embarga, de alguna manera, una sensación de soledad. Las reflexiones espirituales se profundizan. Vivimos los días Santos con silencioso fervor. Empezamos a añorar la compañía de propios y extraños que cotidianamente hacían nuestro entorno bullicioso, alegre, agitado, contaminado, pero en fin, nuestro entorno, al que nos acostumbramos y al que pertenecemos.

Sacando imaginariamente la mirada por la ventana, podemos fisgonear la vida en aislamiento de nuestro vecindario. Desoladas y tristes calles. Fauna urbana que deambula como reconquistando el territorio que otrora les pertenecía. Aroma de miedo y desasosiego. Silencio extraño que invade el pensamiento. Inocentes risas de niños que encuentran alegría en cualquier rincón. Aromas caseros que recuerdan tiempos de las adoradas abuelas. Música que no habíamos escuchado desde que se extinguieron los de acetato. Es un mundo distinto. Recordamos aquellos “buenos tiempos idos” que jamás volverán, deleitando los sentidos con gratas vivencias de antaño, como si fueran hoy. Así aplacamos la nostalgia que el indomable virus nos ha provocado.

Ahora quiero ‘navegar’ espiritualmente hacia la morada de mis vecinos. Exploro idealmente su existencia. Quiero descubrir aquello que tenemos en común, sin mirar las diferencias. Me pregunto si sentirán los mismos temores que asaltan mi intimidad. ¿Acaso seré yo el débil? Así, encuentro a mi alrededor hijos sin padres; padres sin hijos; madres sin esposo; abuelas con nietos; discapacitados al cuidado de una viejecita; ancianos cuidados por su soledad.

No necesito avanzar más. Descubro ser el afortunado entre tanta angustia. Mis penas son ínfimas frente a tanta necesidad. Siento una profunda sensación de impotencia, frente al dolor ajeno. Quiero hacer algo. Me cuestiono por mi egoísmo. Siento culpa de haber pensado primero en mí. He decidido agradecer a Dios por todo lo que me dio. Me pongo en segundo plano y decido extender la mano a mis semejantes. Pondré un poco más de agua en mi sopa y la compartiré. Mitigaré la desesperanza de  quienes no tienen lo que tengo yo. Bendeciré a Dios. ¡Seré solidario!(O)