“Se te está yendo el carro, mejor apresúrate a buscar marido”. “Debe ser feo estar sola”. “Eres demasiado exigente, así nunca encontrarás a alguien”. “Debes ser bien jodida, por eso estás sola”. “Pobrecita, qué pena”. “Ya te quedaste a vestir santos”…

Estos y muchos otros son los comentarios que una mujer soltera recibe a diario; y es que nuestro medio se ha normalizado que todas las mujeres tengan pareja o esposo, y aquellas que decidan lo contrario son vistas con recelo, burla, desconfianza, pena y las llamarán crudamente “solteronas”.

Por años nos enseñaron que el principal propósito de una mujer es el de siempre estar acompañada, el matrimonio y consecuentemente los hijos. Debo confesar con vergüenza y culpa que cuando niña y adolescente, yo también era parte de aquel grupo que criticaba. Observaba con intriga a las mujeres solteras, me preguntaba por qué estaban solas, asumía que su vida era desdichada y triste…

Pasaron los años y cuando menos me di cuenta había llegado a aquel punto crítico de ser una mujer sin pareja, más cerca de los 30 y lejos de los 20; para el mundo me había convertido en una solterona. De repente empecé a recibir frívolas indirectas de conocidos, amigos e incluso familiares. Sin haberles pedido me aconsejaron, trataron de analizarme, me contaron una infinidad de historias y me pronosticaron futuros caóticos.

Entre tanto comentario, empecé a cuestionarme por qué seguía sola y llegué a desesperar. El matrimonio se convirtió para mí en una peligrosa y urgente necesidad. Sentía que solo si encontraba a aquella media naranja, el príncipe azul y el amor de toda la vida, sería finalmente feliz. En aquel intento frustrado de dejar de ser solterona, como era de esperarse encontré los especímenes más caóticos y nocivos en mi vida emocional. Me sentí decepcionada, lastimada y cada vez más confundida. ¿Cuál era mi problema?

Estaba harta de ser cuestionada, así que en medio de aquel caos decidí armar mi maleta y lanzarme a una travesía que cambiaría mi forma de ver la vida. Éramos mi mochila, mi cámara y las ganas de conocer aquellos sitios que solo había visto en las películas y las revistas de viajes. Caminé kilómetros, visité amigos, conocí gente nueva, me perdí, comí, tomé y me maravillé con cada lugar. En los distintos países que estuve, me di cuenta de que la edad es algo relativo y cada persona era libre de decidir lo que le viniera en gana, no había interrogantes, críticas ni mucho menos reclamos.

Entonces tiré a la basura la etiqueta de “solterona” para reemplazarlo por mujer feliz. Volví a respirar, volví a ser yo misma y finalmente comprendí que no necesitaba a alguien para estar bien. Me sentí contenta con lo que era y con lo que hacía, y me permití tomar mis propias decisiones.

Después de más de dos meses de viaje, regresé transformada. Empecé a disfrutar aquellos momentos de soledad y a no prestar atención a los comentarios de la gente. Dejé de insistir en conocer gente por necesidad y renuncié a las expectativas maritales. Me deshice del ideal del hombre perfecto, del príncipe azul y el galán de películas; y empecé a valorar a las personas con sus virtudes y defectos. Dejé que las cosas sucedieran por sí solas, mientras yo disfrutaba cada momento.

En medio de aquel proceso personal, sucedió lo inimaginable: me enamoré. Esta vez de forma espontánea, con todas mis facultades lógicas y emocionales. Encontré al compañero, el amigo, el que complementa mi felicidad, sin ataduras, miedos ni mucho menos prejuicios. Un amor libre, pleno y bueno… Después de viajes entre Chile y Ecuador, largas conversaciones, mensajes, risas, buenos y malos momentos nos lanzamos al matrimonio. No por presión, ni mucho menos porque ya era hora; sino por decisión propia porque consideramos que era un complemento importante para nuestra vida juntos.

Tras varios años de decepciones, frustraciones, críticas y un serio proceso de autoconocimiento, a los ojos de muchos he dejado de ser una “solterona”, aunque los cuestionamientos continúan, esta vez de para cuándo el bebé. En todo caso, he llegado a comprender que cada uno es libre de decidir y actuar según su perspectiva de felicidad. Hay escenarios que pueden funcionar bien para algunas personas, mientras que para otras no, esa es la magia de ser diferentes. No podemos pasar toda nuestra vida aferrándonos a las etiquetas y al miedo de ser juzgados. ¿Será que llegaremos al punto de deshacemos de aquellos molestosos calificativos? Quisiera pensar que sí, hasta mientras, podemos empezar a expresarnos los unos a los otros con mayor empatía, consideración y respeto. Bravo por aquellas personas que decidieron ser independientes, que viven a plenitud solas o acompañadas, que son libres y por sobre todo felices.(O)