Hace cuatro años tuvimos la última oportunidad para ejercer nuestro derecho a elegir Presidente, en medio de una convaleciente democracia. La Constitución consagra la participación ciudadana como eje fundamental para la gestión  pública, pero la realidad nos demuestra que apenas nos tomamos la molestia de sufragar y por obligación, cuando la clase política nos necesita para legitimar su ejercicio del ansiado poder. Sin embargo, no debemos dar las espaldas a nuestro país. Ejerzamos nuestro derecho y consignemos un voto con civismo.    

Es momento de soñar, aunque sea fugazmente, sobre el futuro del Ecuador. Tracemos imaginariamente la ruta hacia el destino que queremos para nuestros descendientes. Empecemos por identificar nuestras fortalezas y debilidades, para tener claro lo que podemos hacer, como modo de vida. Ecuador tiene grandes fortalezas, como su ubicación geográfica, variedad de climas, recursos humanos valiosos, fuentes energéticas renovables, minerías metálica y no metálica, recursos naturales exuberantes, entre los más destacados.

Estos recursos, bien administrados, pueden conformar un gran proyecto de país que se proyecte a los próximos cincuenta años, con oportunidad de desarrollo para las actuales y futuras generaciones. Somos un país de gente trabajadora que aspira salir adelante con su propio esfuerzo y no viviendo de los mendrugos que arrojen los gobernantes, cada vez que necesitan reafirmar la dependencia de sus gobernados en su calculada generosidad, que los convierte en indigentes alienados en su espíritu. Tenemos el derecho de demandar que se actúe con visión global y de largo plazo, en un mundo altamente competitivo, alejado de mezquinos intereses sectarios.

Soñemos en un país que maneje sus recursos económicos con responsabilidad, sin exceder su capacidad de gasto a la capacidad de generación de tributos con justicia social y sin demagogias. País que convoque a la inversión de propios y extraños para que asuman las actividades de riesgo, reservando para el Estado aquellas fundamentales para construir las bases de una sociedad justa, como educación, salud y seguridad. Para lograrlo, debemos insertarnos en el mundo globalizado, ofreciendo condiciones competitivas, seguridad jurídica, libertad de movilización de capitales, con el agregado de ser un país maravilloso, bien ubicado, desde donde pueden ofrecer sus productos al mundo entero.

Por el lado de educación, soñemos en un país que despolitice la formación de jóvenes y los prepare con excelencia para los retos de la cuarta revolución industrial que es la informática, así como profesiones intermedias de gran demanda, dejando atrás la mera fabricación de títulos que no pasan de ser un papel decorativo. Sobre la seguridad social, soñemos en un sistema universal que cubra toda la población, de manera técnicamente sostenible en el corto, mediano y largo plazo, alejándola de las garras de los gobernantes que han saqueado sus reservas para solventar problemas ajenos a sus dueños. La demagogia debe alejarse del manejo de esta vital garantía de atención a la salud y pensiones de jubilación, so pena de destruir la más importante Institución Financiera nacional, con perjuicio para todos quienes superan la edad de producir.

No dejemos de soñar en vivir en un país donde se respete la libertad de expresión, para ejercer nuestro derecho a manifestar nuestro pensamiento sin temor a represalias, así como el derecho a la propiedad, al emprendimiento y en general a la iniciativa privada, sin que sea el Gobierno que decida por nosotros. Soñemos en un gobierno que declare un feroz combate a la corrupción, no solamente expresado en delitos ampliamente conocidos como cohecho, peculado, extorsión, etc., sino en obras innecesarias, clientelares, paternalistas, politizadas, sin planificación, sobrepreciadas, mal construidas, que derrochan los escasos recursos. Acudamos al llamado de la Patria.

¡Votemos a conciencia! (O)