Empiezo presentando disculpas por no topar el tema de moda, nuestra Mama Negra. Me declaro mamanegrero, pero estoy seguro de que ya muchos habrán escrito y opinado suficiente sobre el asunto.
Mientras bailamos, suceden cosas a nivel nacional que podemos estarlas pasando sin mayor análisis. Hace poco el Presidente de la República propuso la iniciativa de eliminar el sueldo vitalicio para exmandatarios. La mayoría aplaude esta decisión aunque la tachan de tardía. Sin embargo me permito explicar la parte buena del sueldo vitalicio que nadie está tomando en cuenta.
Lo primero que hay que hacer es sacar de la ecuación a la corrupción, no porque no haya, sino porque la teoría buena no puede contaminarse con las circunstancias malas. Así siendo, el escenario bueno es que un gran ciudadano con buenas intenciones llega a ser Presidente. Este ficticio personaje no es un millonario ni un mafioso ni nada semejante, solo es un buen ciudadano que quiere arriesgarse por la patria.
Como todo buen líder debiera hacer, él se pelea con las mafias existentes, con los narcotraficantes, con los corruptos y con todo lo malo que ya existe y -a nuestro nombre y por nuestro bienestar- logra hacer un cambio significativo dentro de su período. Pero para lograrlo deberá coleccionar enemigos muy poderosos y pondrá su vida en juego. Cunado termine su período y regrese a su vida normal su seguridad seguirá en riesgo y sus vengativos enemigos podrían aprovechar para desquitarse.
Este expresidente regresará a su vida cotidiana, sin mayores lujos ni extravagancias. Pero como sus enemigos son de tan poderosa naturaleza, se le hará difícil recuperar su normalidad sino en mucho tiempo. Incluso pueda serle necesario irse del país con toda su familia, no por escapar de la justicia ecuatoriana (porque fue un muy buen mandatario) sino para protegerse de sus enemigos que posiblemente hayan recuperado fuerza con el nuevo régimen.
Ninguna persona de clase media, trabajadora o profesional puede alegremente cambiar de país a toda su familia. Ninguno de los lectores de esta columna estaría en posibilidad de hacer eso. Entonces es necesario que él cuente con un respaldo económico que le garantice el sustento de su familia y le permita concentrarse en resolver sus enemistades. Para esto, por ejemplo, sirve el sueldo vitalicio.
También es un agradecimiento válido para un buen trabajo de un buen Presidente. Es decir, si la gestión y el riesgo que él protagonizó me ha cambiado la vida a mí como ciudadano, está bien que el pueblo le agradezca cambiándole la vida a él también.
El sueldo vitalicio también sirve como un disuasivo. El mejor Presidente debería ser una persona de filosofía, de letras, emprendedor, trabajador. Es decir, un individuo de clase media con dotes intelectuales y espirituales superiores. Normalmente estos individuos no son millonarios. Una familia clase media debe ser capaz de sostener dos o tres veces la canasta básica, al menos. Es decir, ganar entre 1500 y 2000 dólares para vivir con relativa comodidad. Si un hombre bueno y decente ha vivido bien toda su vida con un par de miles de dólares y se le garantiza que el resto de su vida va a ganar más del doble de eso sin necesidad de trabajar, este hombre decente no debería tener intensiones de corromperse. Está disuadido.
Un sueldo vitalicio es buena medida para los buenos Presidentes. Saber cuál fue bueno y cuál no es difícil porque siempre habrá opiniones diferentes. Tampoco es buena idea formar comités o comisiones de calificación de ex presidentes porque al final se podrían corromper. Lo mejor es dar algunos parámetros mínimos como por ejemplo, el hecho de que haya terminado su período, que salga con un respetable porcentaje de popularidad, que no haya aumentado sus índices de desempleo o de inseguridad, etc.
Pero como la corrupción no puede sacarse de la ecuación política, es más fácil quejarse de estos salarios en lugar de analizar cómo hacerlos llegar a quien se merece. Pero debemos recordar que la corrupción no es parte de la teoría buena del suelto vitalicio, tampoco debería ser parte de la política. Ni tampoco se terminará esta plaga quitando los salarios o sacando gente del servicio público.
El problema, al final, es el mismo que al principio: elegimos mal. Elegimos malos ciudadanos y tenemos malos representantes.(O)