Han transcurrido 100 días de la posesión del presidente Guillermo Lasso. Siendo algo prematuro pretender hacer una evaluación amplia de su gestión, se pueden advertir algunas características que marcan la diferencia con sus antecesores. Es pertinente resaltar que han transcurrido 25 años desde el último intento de establecer un modelo de crecimiento hacia afuera, liderado por el presidente Durán Ballén, basado en la inversión privada, con criterios de economía de mercado, con un gobierno que concentre su acción en competencias indelegables, dejando otras necesidades a la iniciativa privada.

A partir de ese período, hemos carecido de un modelo económico sostenible en el mediano y largo plazo. Ecuador cayó en las garras del populismo, la demagogia y la politiquería, agravando las consecuencias de la crisis local e importada, que nos llevó a dolarizar la economía, como salida de emergencia. Tocamos fondo cuando la corriente populista SS XXI llegó para pescar a río revuelto, imponiendo un modelo político perverso, con la pretensión de lucrar del poder por los siguientes 100 años. Ocurrió en el preciso momento en que los precios del petróleo se dispararon en el mundo, generando inesperados recursos a disposición del Ejecutivo.

Penosamente, despilfarramos los mayores ingresos de la historia que nos llegaron por el boom petrolero, heredando una enorme deuda que supera el 60 % del producto interno bruto. Seguimos viviendo las mismas angustias que teníamos antes de la década en que gastamos en promedio ¡100 millones de dólares por día! Aunque eso ya es historia, no debemos olvidar las lecciones que nos dejó la aventura política que vivimos. En esta perspectiva, podemos comprender la importancia de corregir el rumbo de nuestro país. Los modelos aplicados han agravado las diferencias sociales, provocando estancamiento económico, desempleo, dependencia del paternalista Estado. En resumen, un Estado no viable.

La propuesta de Lasso se alinea con modelos de apertura exitosos, vigentes en sociedades cuyo nivel de vida va en ascenso, privilegiando el bienestar de las mayorías. El fundamento radica en hacer el mejor uso de los recursos que tiene un país, abriendo sus fronteras al mundo, asumiendo los grandes retos que esperan a aquellas sociedades que le apuestan a su capacidad de competir globalmente. Ecuador es privilegiado en este sentido, pues dispone de recursos naturales y culturales que, bien administrados, pueden generar una realidad muy distinta al estancamiento que hemos sido capaces de alcanzar.

Con estos referentes, podemos valorar la gestión cumplida por el Mandatario en apenas 100 días. Destacable es, en primer lugar, la capacidad de poner objetivos claros y actuar de manera pragmática, delegando ejecutivamente a profesionales capaces la ejecución de lo programado. Así es como se cumplió el primer objetivo nacional sobre vacunación,  dejando una agradable sensación de unidad, alejada de los intereses y celos políticos que tanto daño han causado. Paralelamente, el Presidente ha abordado sin temor, problemas estructurales que han permanecido en el olvido por décadas, proponiendo soluciones de fondo, que tomarán tiempo pero serán definitivas. Respeta criterios ajenos, pero asume el rol de autoridad que le corresponde.

Observamos un verdadero ‘Estadista’ liderando el cambio proclamado, con conocimiento de las prioridades que debe atender, pensando en los intereses de las mayorías, sin apasionamiento pero con solvencia moral y técnica, buscando los caminos más expeditos que permitan superar las limitaciones que impiden el desarrollo en beneficio del pueblo que le eligió. Se siente la autoridad moral que tiene ‘nuestro Presidente’, infundiendo confianza y fe en nuestro país. Esta es la forma en que se debe construir una mejor sociedad. Ecuador es viable y estamos en manos de un ecuatoriano capaz de liderar el cambio hacia un futuro prometedor.

¡Tenemos Presidente!