La vida pasa inexorablemente, sin darnos una segunda oportunidad para embarcarnos en el tren, que un día se detendrá para siempre. Buena parte de ella la pasamos descansando, como es natural, mientras que las horas “hábiles” las distribuimos en nuestra cotidianidad. Como seres sociales, que no podemos vivir en aislamiento, buscamos interactuar con otros seres humanos en múltiples actividades, según nuestras aficiones y preferencias. Una de estas es sentarnos a criticar a los demás y, especialmente, quejarnos de todo lo que vemos mal, pregonando soluciones que siempre creemos tener para todo.
Estos ejercicios parlamentarios de cafetín que no respetan ningún tipo de reglas, terminan produciendo una suerte de desahogo en los interlocutores, que se sienten aliviados de “haber contribuido” para una mejor convivencia. El mundo seguirá dando vueltas, y las cosas seguirán igual hasta el próximo encuentro “intelectual” para seguir resolviendo los problemas que aquejan al mundo. Lástima que ni siquiera queda un registro de tantas elocuentes exposiciones, que podrían ser motivo de análisis de los propios autores y de sus coterráneos, para conocer sobre las soluciones que no les han hecho caso.
Siendo legítima esta forma de interrelación ciudadana, no deja de ser un ejercicio estéril, mientras no trascienda a otros espacios comunitarios y se direccione a la construcción de propuestas concretas que se basen en un diagnóstico veraz y sean viables en el momento y en el espacio. Esto podría lograrse con la sola voluntad de los contertulios, de darle forma a la discusión, empezando por centrarla en temas puntuales que sean de interés común.
Cuando se logre plasmar el problema y la solución, es pertinente determinar cuál es el camino para hacerla realidad y encaminarla en esa dirección. Los proponentes estarían muy satisfechos si lograrían que alguna autoridad competente les reciba y escuche el planteamiento. Así estarían ejerciendo la participación ciudadana que les garantiza la Constitución del Ecuador, la Ley de Participación Ciudadana y demás leyes conexas. Estaríamos asumiendo el rol de cogobierno que la Democracia Participativa nos asigna y seríamos actores en la consecución de los objetivos que anhelamos.
Han pasado diez años de vigencia de la Carta Magna y es penoso que hasta este momento no asumamos nuestros Derechos y obligaciones. Seguimos esperando que los gobernantes escuchen nuestros lamentos y se compadezcan, algún día, en ejecutar las magistrales ideas que solo nosotros conocemos. No dejemos que se nos pase la vida lamentándonos. No heredemos un mundo cargado de quejas, que nuestros descendientes deban afrontar. Las cosas pueden cambiar el día en que “nosotros decidamos cambiar”, y eso puede ocurrir cualquier día como hoy. Basta que tomemos la decisión de salir de nuestro espacio de confort. “La calidad de ciudadano es suficiente armadura” para dejar de hablar y empezar a hacer algo real por nuestro entorno.
La renovación de autoridades seccionales nos brinda una excelente oportunidad para empezar un nuevo ciclo de esperanza, exigiendo y OFRECIENDO cambios. Los ejecutores de la voluntad popular están, en la mayoría de los casos, ávidos de escuchar de sus ciudadanos mandantes, lo que aspiran. La hoja de ruta se está construyendo y debe hacerse conjuntamente entre gobernantes y gobernados, si así lo permitimos. Barrios, parroquias, vecindarios, son espacios para construir la participación ciudadana.
Las amargas experiencias que quedaron en la historia reciente, se deben en gran parte a nuestra apatía y abandono de dicha participación, con lo cual ciertos gobernantes aprovecharon para hacer de las suyas, usando y abusando del poder para alcanzar sus propios objetivos, reñidos con el interés común. No debemos permitir que esto vuelva a ocurrir. Reinventemos las tertulias de cafetín y ¡PARTICIPEMOS PROACTIVAMENTE!(O)