En medio de la apatía generalizada del respetable, llega la hora de la resurrección de los muertos en el campo político, atraídos por las campanas que suenan desde el campanario de la componenda. No importa la grave situación que atraviesa el país en su lucha contra la más grande amenaza a su sobrevivencia y su economía. Movimientos políticos, cuya única esperanza de vida es el ansiado poder, no pueden desaprovechar cualquier oportunidad de alcanzar un pedazo del pastel. Hay que desempolvar los trajes, los discursos de barricada, las poses de intelectuales y revolucionarios, las sonrisas cautivadoras de bobos, las miradas dulces y agrias según la ocasión, y en fin todo el instrumental para desempeñar “decorosamente” el papel de salvadores de la Patria.

Tan evidente es la falta de empleo (no de trabajo) que las designaciones de precandidatos a Presidente, Vicepresidente y Asambleístas, han desbordado las expectativas y por lo menos servirá para alcanzar un puesto en los récords Guiness por el mayor número de aspirantes a “sacrificados” por servir al pueblo desde el sillón presidencial de una pequeña República de apenas 17 millones de habitantes. Tenemos el mérito de contar con un presidenciable por cada millón de habitantes. El número de candidatos es vergonzoso, por la falta de méritos que les permita incursionar en la lid electoral, provocando una fraudulenta distracción que le costará al empobrecido pueblo, y atomizará el voto entre ilustres descalificados, alterando la legitimidad democrática al actuar como auténticos “chimbadores”.

No tienen un mínimo de respeto hacia el electorado, que en su mayoría no tiene interés en política y vive momentos de gran incertidumbre, pasando hambre y desocupación. Solamente importa su propio bienestar y ambición de poder, para resolver personalísimos protervos intereses que solo ellos conocen. La clase política ha causado más daño que la pandemia en nuestra sociedad. La desesperanza se ha hecho carne al ver el grado de descomposición social que de a poco ha sido evidenciada con la cantidad de juicios que descubren una parte de los secretos mejor guardados de la década corrupta, seguida de los rateros de poca capacidad para ocultar sus fechorías, incrustados en el poder legislativo y el sector de la salud.

Haciendo un simple análisis probabilístico, podemos deducir que estamos a punto de volver a elegir una asamblea con mayoría (60%) de personajes aptos para engrosar las filas de la corrupción ante el primer llamado del ejecutivo para enlistarse. No se vislumbra una clara forma de diferenciar entre los pocos bien intencionados, y los malandrines que se nos presentan a pedir el voto a cambio de su bienestar. Las promesas de honestidad abundan, pero detrás de esas palabras se esconden realidades que las estamos descubriendo día tras día. La capacidad de perjudicar al país es ilimitada y evoluciona rápidamente, descubriendo nuevas formas de enriquecerse ilícitamente.

Los candidatos a Presidente son atraídos por el “honor” de estar en la papeleta presidencial, por una innata atracción al poder, por una ambición personal, por la “promoción económica” que ofrece la ley a quienes formen alianzas o simplemente por hacer el juego a otro candidato restando votos a un tercero. Serían escasos aquellos que honradamente se presenten como resultado de un proceso democrático interno en un partido bien estructurado, con ideología definida, con capacidad de afrontar la responsabilidad de dirigir un país que tiene una enorme acumulación de problemas causados por una veintena de gobernantes fracasados.

Son tan inciertas las capacidades de los postulantes, que parecería menos riesgoso y más divertido recurrir al tradicional juego para escogerlos.

“… de do pingüé, cúcara, mácara, títere fue, yo no fui, fue Teté, pégale, pégale que ella fue”.(O)