El embarazo sin duda es una etapa sumamente especial, las mujeres que viven esta maravillosa experiencia tienen un brillo particular, reciben mayor atención, cuidado y consideración.
Si hay una mujer embarazada haciendo fila, se le otorga preferencia. Si se encuentra de pie en el bus, se le cede el asiento. Si conduce y requiere parqueadero, cuenta con un espacio exclusivo. Goza de derechos y beneficios de ley antes y después del nacimiento de su hijo.
En definitiva, una serie de atenciones y consideraciones se brinda a las mujeres embarazadas, pero por desgracia no todos cumplen a cabalidad las más elementales normas de respeto para con ellas. Todavía hay ciudadanos indolentes que ocupan los espacios exclusivos de parqueo y se hacen la vista gorda cuando se trata de cederles el paso o ayudarlas. La siguiente historia es el claro ejemplo de ello.
Pamela se encontraba a días de dar a luz, su gran vientre la limitaba de actividades que antes del embarazo los realizaba sin problema. Dormía con incomodidad, ya no podía atarse los cordones de los zapatos, caminaba con dificultad y subir escaleras le resultaba un suplicio.
Pamela se encontraba en segundo semestre de universidad y había considerado que el ser madre no sería razón de retirarse, todo lo contrario, ahora tenía una fuerte motivación para terminar sus estudios. Con determinación y una responsabilidad admirable, superaba los estragos del embarazo para asistir a clases, rendir los exámenes y entregar sus deberes.
Sin embargo, los últimos días le resultaban cada vez más fatigantes, tres veces a la semana tenía que subir al tercer piso para la clase de matemáticas y debía hacerlo a pie pese a que la universidad contaba con un nuevo elevador como parte su orgullosa nueva infraestructura.
Cuando pidió la posibilidad de hacer uso del elevador, le dijeron que éste era exclusivo para profesores y directivos, que ya habían tenido pésimas experiencias con los estudiantes utilizando las instalaciones de la universidad.
El gran vientre de Pamela no mentía sobre su estado y la necesidad de usar el elevador, sin embargo ante su insistencia se limitaron a decirle que debía conversar con el rector de la universidad.
Al día siguiente Pamela fue a su despacho para mostrar su situación. El rector por su parte le dijo que su petición debía llevarse a consejo académico y que en una semana le darían una respuesta.
Con aquella respuesta indolente y ridícula, Pamela ya no sabía qué más hacer. No quería faltar a clases, pero aquellas escaleras le resultaban un verdadero suplicio. Parecía que antes que le autorizaran utilizar aquel ascensor, ya daría a luz.
Una amiga de Pamela sugirió presentar su caso a la asociación de estudiantes y ver si a través de ellos tenían una respuesta positiva. Para su sorpresa, sin trámites y largas esperas, le concedieron inmediatamente la tarjeta del elevador al que la asociación también tenía acceso.
La historia de Pamela me deja un amargo mensaje. Es evidente la burocracia de esta universidad y de muchos otros establecimientos, donde a pretexto de tener autoridad, influencia y poder, se exageran los trámites engorrosos, ilógicos y apáticos. Donde los bienes que se llaman públicos son de “uso exclusivo” solo para ciertos sectores. Donde no existe la preocupación y respeto principalmente para quienes lo necesitan. Es una pena que las mismas instituciones educativas que pregonan valores, su sistema demuestre lo contrario y sean ejemplo de indolencia y desigualdad.(O)

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