Hace pocos meses conocí la casa de este fabuloso pintor, escultor y tallerista ecuatoriano del que el 6 de julio se conmemoraron cien años de su natalicio, me refiero a Oswaldo Guayasamín.
Me pregunto, por qué me demoré en visitar y conocer su casa museo y la Capilla del Hombre, espacio que guarda la magnitud de sus obras y su significado. Lo bueno es que pude ir con mi hija, a quien le gusta el arte y apreció mucho la visita.
Guayasamín nace en una familia humilde de diez hermanos y en contra de sus profesores a quienes les hacía caricaturas y de su propio padre que quería que siga una carrera diferente, no dejó de pintar desde los siete años, utilizando parte de la leche que le daba su madre para diluir sus pinturas.
En el cuadro ‘Los niños muertos’ expresa la crueldad de la vida por la violencia a un grupo de niños, entre los que se encontraba su mejor amigo, quien fallece.
Desde entonces y con la influencia del mundo, de la guerra española, la revolución mexicana, toma una posición frente a las crueldades de la vida; se siente en el deber de expresar en su pintura su apoyo a los indígenas, pobres y los más necesitados.
A los 21 años se gradúa de pintor y escultor en la Escuela de Bellas Artes. Empieza a ganar un sinnúmero de premios, tanto nacionales como internacionales. A su primera exposición asiste Nelson Rockefeller, en ese entonces encargado de los asuntos Interamericanos de los Estados Unidos, quien se queda impactado, le compra cinco cuadros y le invita a realizar varias exposiciones por siete meses. En 1945 emprende un viaje desde México a la Patagonia, donde recopila obras para HUACAYÑAN, que en lengua aborigen significa El Camino del Llanto. El 1961 realiza lo que se denomina LA EDAD DE LA IRA, con la cual quería mostrar los mataderos del siglo XX, que fueron los campos de concentración, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, la invasión a Playa Girón en Cuba, entre otros.
En 1976 crea junto a sus hijos la Fundación Guayasamín y dona al Ecuador todo su patrimonio artístico. En los años 80 empieza una nueva serie, la Edad de la Ternura por su madre, quien le apoyó desde un principio a ser pintor, como un “homenaje a la mujer de la Tierra, una Defensa a los derechos Humanos”.
Entre los grandes personajes contemporáneos pintó a Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Gabriel García Márquez, Francoise Miterrand y más.
Como una anécdota, el año de 1960 -cuando pintaba el mural de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central en Quito- mi padre le movió tanto el andamio pidiéndole un retrato que lo hizo con pocos trazos, pero quedó plasmado tal cual él fue.
Fallece sin ver terminada su obra magna, La Capilla del Hombre, sus cenizas descansan en El Árbol de la Vida, en una vasija de barro. Espero entrar en este gran espacio de cultura esta vez haciéndole un homenaje con mi grupo coral con la canción del INDIO CARAJO en su memoria, obra del compositor Carlos A. Garzón y su hija Selena.(O)