Escribo estas líneas desde la Sala de Espera del Aeropuerto “Ciudad de Catamayo”,
terminal aéreo que conecta a Loja, la Centinela del Sur, la Castellana Ciudad, la Cuna de las
Artes Vivas, la Devota de la Virgen del Cisne, la Guardiana de la Hispanidad del Ecuador, con
el resto del país y lo hago luego de una maravillosa reflexión con Augusto, el señor taxista que me trajo tras mi periplo por esta bella ciudad y que hoy comparto con Ustedes:
Augusto es un chofer lojano cuya principal actividad radica en recoger pasajeros en
el aeropuerto y llevarlos a la capital provincial, habla inglés y español y en palabras de las
chicas del establecimiento en el que me quedé “es una persona de confianza”, tanto que la
tarjeta de acceso a la habitación tras mi check-out se la entregué a él y no en la recepción
donde por la hora no había nadie; pero más allá de las cualidades que les acabo de indicar
debo señalar una que en lo personal lo volvió un gran guía, Augusto es un apasionado por
la Geografía nacional y sobre todo la de su provincia y ciudad y la conversación que
mantuve con él de cada uno de los cantones que componen esta lejana pero preciosa
provincia fue increíble, aprendí muchísimo y sin duda eso lo valoro.

Como les contaba inicialmente con Augusto tuvimos una plática enriquecedora y
llegamos a una conclusión, en cada viaje -sin importar a dónde sea ni por qué se desarrolle-
uno deja un pedacito de su corazón y lo sustituye por uno o varios recuerdos que a manera de retazos cosidos empiezan a colorear de manera distinta el órgano vital.

Así, si Usted en su infancia tuvo un paseo a la Mitad del Mundo, a Santo Domingo o a
la playa, los recuerdos de esos viajes se van acumulando y cada que los menciona su
corazón empieza a latir más fuerte, porque hay pequeños pedacitos de su corazón que
fueron sustituidos por aquellos recuerdos, lo mismo pasa en los viajes familiares o con
amigos, más aún en las Lunas de Miel o aquel último viaje que hizo con alguien que ya no lo
acompaña, su corazón es una tela bordada con miles de colores que representan cada uno a
estos recuerdos.

Luego de esta charla con Augusto, empecé a pensar en los colores de los retazos de
mi corazón por cada viaje, así que decidí irlos poniendo por los tonos de los países que
conocí, empezando por la Roja, Blanca y Azul de mi periplo por Asunción del Paraguay y
acabé con el bello Amarillo, Azul y Rojo de la última estadía en Cali de hace unos meses, el
mosaico es hermoso, mi corazón y por ende mi vida hoy es un arco iris, porque además cada
color me trae un recuerdo (y muchas memorias gastronómicas deliciosas) y son esas cosas
buenas y malas las que definen lo que soy, cada error y cada sonrisa, cada experiencia y cada lágrima, cada amor y cada decepción me han forjado, me han hecho sabio, amoroso y me enseñaron a valorar aquello que no se compra con dinero.

¿Pero sabe algo? Aunque cada viaje se robe un pedacito del corazón y lo sustituya
por otro con los colores de las ciudades, provincias o países recorridos, hay un espacio
enorme que jamás podrá borrarse, ni por la distancia, ni por el tiempo, uno que es la fuerza
motriz de cada una de mis acciones y la inspiración de mis pensamientos, aquel que nació conmigo y creció a mi lado por 17 años, aquel inolvidable, ese de mi infancia y mi
adolescencia, ese de mis primeros pasos profesionales y aquel en el que está lo que más
amo, mi familia, ese enorme espacio amarillo y celeste, ese que tiene que ver con mi
Latacunga, la ciudad más bella del mundo, Pensil de los Andes, Hija del Volcán, Tierra de las allullas, los quesos de hoja y las chugchucaras, enclave del patriotismo y la libertad, “donde he amado, soñado y sufrido, donde espero llegar a morir”.