Ámbar estaba aterrorizada, no podía entender cómo su madre se había enamorado de aquel hombre a quien todos llamaban “el asesino del tambor”. Años atrás, aquel individuo fue declarado culpable por el asesinato de su pareja e hijastro; lo condenaron a 27 años en la cárcel, pero cumplió solo 11.  En el 2016, a pesar del informe negativo por parte de Gendarmería de Chile, la Corte de Apelaciones le otorgó libertad condicional a él y a otros 787 condenados.

Aquel hombre libre resultaba una amenaza, Ámbar estaba horrorizada con la idea de vivir bajo el mismo techo. No confiaba en él y su oscuro pasado, estaba segura de que algún momento él le haría daño a ella, a su madre y hermano. Y es que la vida de Ámbar no había sido nada fácil, desde muy pequeña había sufrido abandono y maltrato, veía muy poco a su padre, había tenido que pasar por un hogar de acogida e incluso fue víctima de abuso sexual. La relación con su madre nunca fue buena y las cosas empeoraron cuando llegó aquel hombre. Fue tal el punto de discordia que su madre prefirió abandonar a Ámbar para irse a vivir en la casa de su pareja.

Habían pasado cuatro meses, y en medio de aquel caos, apareció una conocida de la joven que decidió acogerla en su hogar y convertirse en su tutora. Las cosas parecían mejorar, Ámbar finalmente tenía a su alrededor personas que la cuidaban y se preocupaban por ella, fueron seis meses de calma y felicidad dentro de la rutina de ir al colegio, estudiar y salir con amigas.

La mañana del miércoles 29 de julio, Ámbar salió de su casa para recoger el dinero que su padre le había enviado desde el norte. Nunca más volvió… Su tutora inmediatamente avisó a las autoridades, pero dado que ella no tenía documento legal ni mucho menos lazo sanguíneo que acreditara su cercanía con Ámbar, el proceso resultó tardío. Pasaban los días y no había indicios de la joven; la atención y la sospecha recayeron sobre la madre y su pareja. Ella, no mostraba ningún interés por la desaparición de su hija, aducía que siempre fue complicada y que seguramente estaría de fiesta. Él, aparentaba calma e incluso abrió las puertas de su casa para que quienes buscaban a la joven revisaran y constataran que ella no estaba allí.

Era ya una semana y no había señales de Ámbar, varios testigos dijeron haber visto a su madre y su pareja portando maletas, buscando un sitio donde alojarse. Este inusual evento despertó las sospechas de la policía y detuvieron a la pareja. Sólo allí, la madre declaró que su pareja había matado a Ámbar y la había enterrado en su casa. Cuando la policía llegó, encontraron el cuerpo de Ámbar en tres coolers enterrados en uno de los muros de aquel domicilio. El asesino del tambor había cobrado su tercera víctima.

La muerte de Ámbar nos rompe el corazón, nos da rabia, nos estremece y nos invita a la reflexión sobre lo que estamos fallando como sociedad. No queda duda, FALLÓ LA JUSTICIA ¿Cómo el autor de un crimen tan atroz pudo ser liberado? Si aquel hombre hubiera cumplido su pena, Ámbar seguiría viva. Surge la espeluznante duda de cuántos otros criminales siguen libres.

FALLÓ SU MADRE, porque a pesar de las advertencias y miedos de su hija, la abandonó y prefirió vivir con quien sería su asesino. Tal accionar sumiso e incoherente quizá sea resultado de un sistema de creencias donde la violencia, el miedo, el silencio y la dependencia se han normalizado.

FALLARON LAS AUTORIDADES, por haberse despreocupado de la situación de Ámbar y de su hermano en un sistema burocrático…

Duele pensar que Ámbar se convirtió en una más del largo listado de muertes y maltratos, no sólo en Chile sino a nivel de Latinoamérica. Lo más espeluznante es que si no se hace algo YA, este número seguirá creciendo. Es momento de romper los estereotipos de género, fomentar el respeto y la igualdad. Recordemos que no es una lucha de mujeres contra hombres, es de gente buena contra gente mala.(O)