Hace un par de semanas por mi graduación como Mediador pasé unos días en Cuenca y por primera vez fui sin auto y en consecuencia tuve todo el tiempo del mundo para caminar por la ciudad, recorrer sus museos y conocer varios sitios de interés sin preocuparme por dónde se estacionó el auto, el horario del parqueadero o la multa por zona tarifada, hoy les quiero contar mi experiencia en la que mi ñaño llama “Ecuador Premium”.
Primero que todo, aterricé, y esto es relevante porque el Mariscal Lamar (aeropuerto de Cuenca) no es Internacional, solamente recibe vuelos internos, pero los recibe, dos líneas aéreas surcan los cielos morlacos todos los días llevando pasajeros desde y hacia la “Carita de Dios” y al hacerlo bien de salida, bien de llegada, ofrecen un hermoso paisaje del centro de la ciudad y de la linda Azogues que está tan cerca, no hay volcanes ni grandes elevaciones al llegar, finalmente, la magia de las nieves perpetuas, Dios nos la dio solo a nosotros y aterrizar en Latacunga viéndolas debe ser un sueño, en fin.
Ya en el hotel (elegí uno en pleno centro de la ciudad para poder movilizarme a pie), informé que lo primero que necesitaba era un taxi a cierta hora para llegar a mi evento, debía dar el discurso de honor y no podía retrasarme, noté que no habían las aplicaciones móviles de Uber o Cabify y quien me atendía me respondió con el “cantadito” propio del sur “tranquilo, aquí las cooperativas de taxis tienen su propia aplicación, se llama Azutaxi, e incluso puede enviar su ubicación a una persona más por seguridad” ¡caramba! La organización del taxismo logró no solo que las apps no entren, sino que además desarrolló otra, CON TAXÍMETRO Y BUENA ATENCIÓN en la que se puede pedir su servicio.
Tras mi graduación decidí cenar algo ligero, amigos amantes de esa ciudad me recomendaron varios lugares, finalmente escogí uno a escasos pasos de la Catedral, en una casa antigua pero remodelada, haciendo gala de la bella construcción de la edificación al realzarla con detalles barrocos (eso lo pregunté después) en muebles y accesorios.
El día siguiente hice recorrido de museos, el de la “Catedral Vieja” y el “Remigio Crespo Toral” fueron los primeros destinos, la “Catedral Vieja” completamente renovada y recibiendo exposiciones artísticas de manera frecuente, con carteles que revelaban los detalles de cada una de las pinturas, esculturas y archivos existentes, por solo un dólar podías conocer de primera mano (osarios y catacumbas incluidas) la historia eclesiástica de la capital azuaya; y, en el “Remigio” una exposición gratuita relativa a los 3 grandes poetas cuencanos de fines del siglo XIX: el propio Crespo, Honorato Vásquez y el cura Matovelle, finalizando dicha caminata en cualquiera de las cafeterías de la calle Larga con vista al Tomebamba ¡que bello sería poder hacer lo mismo en el Cutuchi!
Tomé el famoso tranvía, columna vertebral del sistema de transporte cuencano, adquirí la tarjeta personalizada para disminuir la tarifa de cada viaje y me di vueltas por su troncal, desde Santo Domingo hasta el Parque Industrial, desde el Parque Industrial hasta Río Tarqui y desde Río Tarqui hasta Santo Domingo de nuevo, las paradas y sus equipos están a disposición de los ciudadanos y en perfecto estado, hace falta un poco de explicación en su mecanismo de uso, pero cuando lo comprendes se vuelve muy sencillo, me encantaría tener algo así en Latacunga, de hecho al final de mi viaje decidí ir en tranvía al aeropuerto y llegué seguro y sin complicaciones, las rutas de los buses son complementarias y descongestionan el sistema, sistema que por cierto te avisa en tiempo real la distancia de las próximas unidades.
¿A dónde apunto con todo esto? A que seguir el ejemplo de ciudades hermanas en la planificación cantonal no es malo, por el contrario, los modelos exitosos deben ser emulados con las características propias de cada una de las ciudades, no todo es extraordinario en Cuenca desde luego (empezando por las baldosas de las veredas del parque Calderón que en días de lluvia se vuelven jabonosas) pero en general me sentí seguro de caminar por el centro, de conocer museos, de comer en el mercado 10 de Agosto, de tomarme fotos por doquier, de grabar Tiktoks y de saber que si llueve puedo tomar un taxi sin problema, vale la pena que se den “una vueltita” por Cuenca, allá no se caen los semáforos por la guerra. (O)