El ambiente político en el Ecuador está convulsionado, a escasos cinco meses del gobierno del presidente Guillermo Lasso. La avalancha de problemas represados en muchos años de gobiernos demagógicos que sucumbieron a sus más banales instintos de sobrevivencia en medio de una corriente populista regional son comprensibles, rechazando -por supuesto- el manejo fraudulento que hacen sobre sus orígenes y falta de soluciones milagrosas que los perdedores endilgan al nuevo gobierno.

En casi 50 años de manejos irresponsables, clientelares, de los siempre escasos recursos económicos del Gobierno Central, se han esfumado las ilusiones de salir del estancamiento endémico que tenía nuestra Patria desde antes de descubrir las reservas de oro negro. Nacieron muchos grupos minoritarios de presión que ‘’en nombre del pueblo’ impusieron sus mezquinos intereses, dejando a las grandes mayorías a la deriva. Aquella clase de privilegiados que han vivido del Estado, nunca saciarán su sed de poder, manteniendo vigentes las consignas heredadas de caudillos que hace 100 años creyeron haber descubierto el secreto para gobernar a base de adoctrinamiento de las masas.

La incapacidad de aquellos gobiernos populistas -improvisados unos, y fríamente calculados otros- para administrar el Estado ecuatoriano, nos ha llevado a un estado de estancamiento en que gastamos mucho más de lo que generamos para sostenerlo. Apenas producimos por debajo de seis mil dólares por año por habitante, muy por debajo de países de la región y muy lejos de países desarrollados. Solamente 30% de las personas en edad de trabajar tienen el privilegio de tener un empleo considerado ‘adecuado’. Hemos llegado a gastar 100 millones de dólares por día en pleno boom petrolero, sin planificación, con sobreprecios escandalosos, en obras innecesarias, con financiamiento muy caro y de corto plazo, asumiendo inversiones de riesgo que no corresponden a un Estado que tiene otras prioridades.

Todos estos privilegios son ‘intocables’ para los grupos beneficiados. Cada vez que el gobernante de turno hace el intento de revisarlos, jóvenes idealistas calientan las calles siguiendo ciegamente instrucciones de caudillos, que desempolvan las consignas de barricada que tuvieron su razón de ser hace muchas décadas, cuando aún existían ideologías sobre las que se sustentaban. Ahora, tomando el nombre del pueblo oprimido, salen envalentonados para ‘pacíficamente’ agredir la propiedad privada e imponer sus caprichos, haciendo el juego a la nueva oligarquía que se viste de poncho o de revolucionarios, con claras intenciones de vivir holgadamente con el fruto del manejo fraudulento de los bienes públicos.

Ahora fue el turno del subsidio a los combustibles, que ha beneficiado indiscriminadamente a todos aquellos afortunados que tenemos vehículo u artefactos que lo utilicen, sea para fines productivos o recreativos, pues por algo somos petroleros. Esta indiscriminada ayudita le cuesta al Erario Nacional alrededor de 1600 millones de dólares por año. Toda persona sensata puede reconocer que este, como cualquier subsidio, debería dirigirse a quienes no pueden pagar su costo, es decir bien focalizado, pues a la final lo estamos pagando todos los que tributamos. Subsidiar a quienes pueden pagarse sus gastos significa desatender a sectores necesitados en salud, educación y seguridad, que son las fundamentales obligaciones del Estado. 

¿Qué decir de los otros problemas represados que demandan solución? Con esta lógica, no podemos esperar que el Gobierno avance en afrontar muchos otros problemas de grandes dimensiones que requieren acuerdo de la sociedad ecuatoriana para darles soluciones definitivas. Debería ser de interés nacional sanear las finanzas públicas, racionalizar el tamaño del Estado, vivir sin déficit, atraer inversionistas privados que dinamicen nuestra economía y generen fuentes de empleo para los jóvenes que ahora deben migar a otras latitudes en busca de oportunidades.

¡SINCEREMOS NUESTRA REALIDAD!