Como parte de una política exterior responsable, renovada, libre de ideologías perversas y con visión de estadista, el presidente Lasso viaja a Beijing, capital del gigante asiático, con la finalidad de replantear las relaciones económicas y comerciales con el Ecuador. Esta nueva y práctica orientación de la diplomacia que está llevando a cabo, es de tal importancia para nuestro país, que de sus resultados puede abrirse el camino para emprender proyectos y programas sociales.

Sentar las bases para alcanzar un acuerdo comercial, para aumentar las exportaciones, considerando la balanza comercial negativa y permitir la libre disponibilidad del petróleo, sin que esté atado al pago de la cuantiosa deuda que contrajo el gobierno de Correa, con cláusulas leoninas para el país, en plazos y tasas de interés, son los principales objetivos que busca en las reuniones -de seguro difíciles-, que mantendrá con su homólogo chino, Xi Jinping. Que complicado resulta revertir una situación injusta, no necesariamente por acción solo de los acreedores, sino por la irresponsabilidad, actitud interesada y permisiva de los “hábiles” negociadores ecuatorianos.

A la delegación ecuatoriana le toca negociar con astucia, paciencia y practicidad para cambiar las condiciones extremadamente onerosas de la deuda de unos 5.200 millones de dólares. Que penoso para un país -como nuestro Ecuador, digno de mejor suerte-, tener que acudir a sus acreedores para que le permitan utilizar de manera soberana y directa su petróleo, sin que esté atado en un gran porcentaje de la misma. 

A eso nos llevaron los negociadores de la ideología socialista del siglo XXI: bravatas con el imperio gringo y Fondo Monetario Internacional (FMI) que ofrecen mejores tasas de interés, con plazos largos, y gatitos dóciles con el imperio chino, con altísimas tasas y plazos cortos ¡Qué doble discurso! De ahí que la política exterior requiere, no solo de seriedad y practicidad, sino anteponer los intereses del país, y que las generaciones venideras no sean sacrificadas y condenadas a vivir permanentemente endeudadas.

Resulta indignante se haya comprometido así el futuro, solamente por seguir consignas de grupos que solo buscan anarquizar las sociedades y pescar el poder a río revuelto. La propia constitución de Montecristi, en su artículo 416, les obligaba a tener en cuenta que “las relaciones del Ecuador con la comunidad internacional responderán a los intereses del pueblo ecuatoriano, al que le rendirán cuenta sus responsables y ejecutores …”. 

La rendición de cuentas, como parte de la acción política populista, sólo sirvió para montar shows y eventos de seguidores interesados, que no han sido suficiente y oportunamente auditados por los organismos de control; y, como siempre, la impunidad por los actos contrarios a la ley, sigue siendo la norma que guía la conducta de muchos jueces. Un país sin administración de justicia oportuna y autónoma, está condenado al despeñadero, caldo de cultivo para el advenimiento de gobiernos autócratas.

Esperemos que este tipo de gestiones gubernamentales tengan cumplida realización, enmarcadas como debe ser en la búsqueda de mejores condiciones de vida para la sociedad ecuatoriana. Una política exterior con estas características recibirá el beneplácito de la sociedad en su conjunto, y, por supuesto, conseguirá la respetabilidad internacional del país. (O)