Se han cumplido trece eternos meses de feroz combate contra un invasor de nuestro planeta. Los resultados a nivel mundial son aterradores. Hasta la fecha, se han rebasado 143 millones de contagiados y tres millones de fallecidos por covid-19. Los inmunizados por vacuna alcanzan a 928 millones de personas.  Ecuador acumula 360 000 casos confirmados, con registro de 17 800 casos fatales, oficialmente aceptados. Es evidente que la presencia de nuevas cepas ha agravado el riesgo de contagio, afectando notoriamente a los más jóvenes, que se consideraban menos expuestos.

Por el lado de la Salud Pública, la situación es en extremo crítica, pues la capacidad instalada para cuidados medios e intensivos está desbordada, mientras la demanda crece sin piedad. En algunos hospitales públicos se ha alcanzado la “etapa 4”, que obliga a discriminar los pacientes que mejores probabilidades de sobrevivencia tienen, en perjuicio de aquellos que -por su particular situación inmunológica o estado general de salud- no pueden seguir ocupando espacios requeridos para salvar las vidas de aquellos. No es posible concebir un cuadro más doloroso que este. Solamente imaginar que la decisión de salvar una vida se pone en las manos de otro ser humano, que debe elegir quién vive, causa horror y dolor.

Este panorama sugiere que hemos escalado a la “tercera ola” de una pandemia desconocida, que se adapta con mutaciones, para atacar con mayor virulencia por todos los confines del mundo. Gracias a los avances tecnológicos de las últimas décadas, se han desarrollado con espectacular eficacia, varias vacunas para combatir el flagelo y ha iniciado una cruzada mundial para inmunizar a toda la población, excepto aquellos escépticos que no lo desean. La lucha es contra reloj para inmunizar a los 7000 millones de habitantes del mundo. Los países del tercer mundo tenemos el último puesto de espera en esa cola interminable. De allí deriva la importancia de que el nuevo Primer Mandatario tenga el liderazgo, ejecutividad y visión para conseguir suficientes vacunas, distribuirlas oportuna y equitativamente, priorizando aquellos sectores de la población que por su necesidad de sobrevivencia, deben exponerse contra su voluntad al contagio.

El balance de la situación es de extrema preocupación, tanto a nivel mundial y mucho peor a nivel local. Se suma la crisis económica derivada de la pandemia, que se profundiza día tras día, sin que exista una estrategia para afrontarla. Las graves consecuencias se pueden apreciar en el nivel de pobreza, que se acerca al 50% de la población, un retroceso que borra los avances que se lograron gracias a la bonanza petrolera. Recuperarnos de esa afectación nos tomará un buen tiempo, siempre y cuando exista una estrategia clara de mediano y largo plazo, los recursos de inversión en suficiente cantidad y por buen tiempo, y la decisión de los sectores público y privado para trabajar hacia los mismos objetivos de un desarrollo sustentable y sostenible.

La situación de desbordamiento del sector de la salud público y privado para enfrentar la demanda de atención hospitalaria ha llegado al punto de causar desesperación al desarticulado gobierno saliente, que en su obsesión por mejorar su deteriorada imagen, busca dar mensajes de sensibilidad vacunando de forma errática a personas que salgan en pantalla junto al propio Mandatario y así endosarse la ternura que provoca ver su destello de felicidad por recibir ese regalo de vida. El último esfuerzo desesperado de frenar los contagios por medio de estado de excepción y confinamiento general, solo evidencia la incapacidad del aparato estatal para manejar la crisis, y la indisciplina y angustia de nuestro pueblo. Es necesario replantear la estrategia.

¡DEBEMOS REVERTIR ESTE MARCADOR!  (O)