Alan Cathey

La semana pasada, el nuevo emperador y Sumo Pontífice chino, Xi Jing Ping, realizó la primera visita de un Premier chino al Tíbet en más de 30 años. La visita, según reportes internos de la diáspora tibetana, fue totalmente sorpresiva, con el habitual despliegue de seguridad y secretismo propio de los estados autoritarios y represivos. Recordé una similar visita, hace 80 años, de otro imperialista a otra nación subyugada.
Me refiero a la visita de Hitler a Praga en 1939, tras haberse consumado la disolución del Estado checoslovaco luego del pacto de Munich. Al igual que Xi hoy en Lhasa, Hitler desfiló por la Praga de Kafka y se instaló en el Castillo de Praga, como símbolo de su poder y autoridad sobre la antigua ciudad checa.
Apenas 20 años después de este evento, antecedente directo de la Segunda Guerra Mundial, el victorioso gobierno maoísta, lanza sus abrumadoras fuerzas armadas contra un país que vivía sumido en la contemplación mística, congelado en el tiempo, regido por un líder espiritual, el Dalai Lama a cuenta de liberar al pueblo tibetano de sus cadenas religiosas feudales. La insignificante resistencia tibetana, es rápidamente suprimida. Palos y piedras no pueden enfrentar a los fusiles y los cañones.

Tal como Adolf Hitler, que se ha encargado de comunicar al Premier checo Hacha de su disposición para reducir Praga a escombros con su aviación, a menos que disuada al país de cualquier resistencia. Así sucede, y Checoslovaquia desaparece en una serie de fragmentos, absorbidos por sus vecinos, especialmente Alemania.

Irónicamente, se establece un “protectorado” sobre Bohemia y Moravia, que terminarán bajo el siniestro Reinhardt Heydrich, hombre de absoluta confianza de Hitler, por su racismo visceral y su fanatismo nacional socialista.

Curiosamente, parte de la justificación para la visita de Xi, es la de “observar” y proteger la cultura del pueblo tibetano y su promoción y respeto.
Siempre resulta ilustrativo constatar la infinita capacidad de cinismo qué las autocracias tienen para explicar o pretender hacerlo, las falsedades más escandalosas, que propalan sin sonrojarse.

En 1950, cuando se inicia la ocupación china del Tibet, no existe población china en la meseta tibetana, poblada íntegramente por una etnia distinta a la china, con un idioma diferente. En el plano religioso, nada puede estar más distante de la violenta y agresiva ideología del régimen chino, qué el introspectivo y pacifico budismo tibetano. Que el Dalai Lama, en el exilio desde 1959, recibiera en 1989 el Prmio Nobel de la Paz, fue una bofetada que enfureció Pekín.

El proceso, de eliminación de la cultura tibetana, de su idioma y de su cosmovisión, es parte de una inexorable política de estado, cuyo objetivo final es la homogeneización total del país, en torno a la dominante etnia Han, al idioma y cultura chinos, y a un exacerbado patrioterismo nacionalista, profundamente xenófobo, articulado en torno a un proyecto ideológico único, encarnado en el Partido Comunista Chino, nueva y única religión permitida en el nuevo Imperio Chino. El Tibet al que ha llegado la semana pasada Xi Jing Ping, ya muy poco tiene que ver con ese Tibet religioso y místico de 1950. Su capital, Lhasa, está habitada hoy por menos de un 20% de tibetanos. El 80% restante son chinos. La colonización del Tibet significa que, en pocos años más, los nativos del país se habrán convertido en una minoría.

El Tibet fue el escenario perfecto para ser utilizado como laboratorio para el desarrollo de nuevas técnicas de vigilancia y control sobre la población, que han sido replicados, en Sinkiang, contra otras minorías, en este caso musulmanas, los uighures y kazajos, que han sufrido una radical limpieza cultural, con la gradual eliminación de su historia y su idioma, y un sistemático ataque a sus instituciones y creencias religiosas.

El sistema educativo chino ha eliminado del currículo el idioma nativo y la historia local, para adecuarlo al relato ideológico del Partido.

Cualquier expresión de orgullo local por su cultura o historia, es “desalentado” por el régimen, para el que la cultura china es lo único aceptable.

Para los que no entienden, se han creado campos de campos de concentración, donde se han suscitado hasta abusos sexuales y crímenes de lesa humanidad.

A pesar de las vehementes negativas del régimen chino, las evidencias son abrumadoras, y coinciden con las prácticas y técnicas aplicadas en la colonia tibetana.

En 1959, cuando la población tibetana, exasperada por los abusos de las autoridades chinas, salió a protestar en las calles y plazas de su tierra, la represión fue feroz. Se estima en 100 000 muertos, el 15% de la población.

En las protestas de 2008, la represión fue más selectiva, aprovechando la infraestructura de espionaje interno y vigilancia global establecida por el régimen. No hay que desestimar el acusado desbalance étnico que la migración china está generando en un país tan extenso y poco poblado como el Tíbet.

La visita de Hitler a Praga fue el antecedente del más atroz episodio de nacionalismo racista, que terminó con el exterminio de más de 6 millones de personas. Que la memoria pueda advertir de otra atrocidad semejante. (O)