La mañana del lunes 16 de marzo de 2020, despertamos con la novedad de que el señor Presidente de la República había dictado el Decreto No. 1017 por el cual declaraba Estado de Excepción en todo el territorio nacional, suspendiendo las actividades públicas y privadas, con algunas excepciones. Se establecía una restricción a la movilización vehicular y de personas, facultando al COE Nacional para que reglamente estas disposiciones, como organismo a cargo de emergencias nacionales. Este Estado está reglamentado en nuestra Constitución, permitiendo que el Ejecutivo lo decrete por un lapso hasta de sesenta días, pudiendo ampliarlo por una sola vez por treinta días adicionales,  por lo cual, el lunes 15 de junio terminará dicho Estado.

Mientras ha transcurrido este largo período de suspensión de actividades, el COE Nacional creó una didáctica forma de graficar a los incrédulos ciudadanos, las etapas de combate al temible virus que empezaba a cobrar vidas de hermanos ecuatorianos en suelo guayasense, de forma inmisericorde. Estas eran: el aislamiento riguroso (semáforo rojo) pasando hacia el distanciamiento social (semáforo amarillo) y finalmente a la “nueva normalidad” bajo un semáforo verde pálido que nunca se apagará.

Sin embargo, el virus no se comporta muy disciplinadamente como aspirarían las autoridades políticas y de la salud. El avance ha sido diferenciado en el territorio nacional, observando provincias con un desarrollo vertiginoso que superó muy rápidamente la capacidad del sistema de salud pública; hasta otras que han tenido un avance lento, como Cotopaxi, que se encuentran en la etapa de “contagio comunitario” para avanzar a un “contagio comunitario sostenido” como advierten los epidemiólogos, para luego alcanzar el “pico” de la curva de contagios y finalmente empezar el descenso a la velocidad que lo permitan los incautos ciudadanos que se han rebelado contra el invasor, desafiando su agresividad con la desesperación que el estancamiento económico ha causado.

Todo esto, ya es historia. El día martes 16 de junio amaneceremos con aires de libertad, sin Estado de Excepción, con cara de incrédulos de que hemos recobrado aquello que hemos descubierto que es nuestro bien más preciado:   ¡la libertad!  Libertad que nos permite “hacer lo que nos de la regalada gana” en nuestro tiempo. Añoramos el control de nuestras vidas. Soñamos en que podamos volver a caminar, bailar, cantar, sociabilizar, jugar, pasear y en fin, disfrutar  de lo poco o mucho que nos da la vida. Es ahora cuando valoramos el encanto de hacer las pequeñas y grandes cosas que nos hacen sentir que estamos vivos y al mando de nuestras vidas.

El martes próximo, el reloj de nuestras vidas marcará la “hora cero” de nuestra nueva existencia. Pues, a pesar de que no hemos ganado la batalla al invasor, nuestras leyes mundanas, hechas por políticos que padecen de miopía, diseñaron un aparato político constitucional inamovible, sin soñar jamás, que podrían presentarse situaciones como esta pandemia, que superarían su corta visión, dejando al Ejecutivo desarmado para imponer restricciones a sus conciudadanos, aunque la ciencia médica lo aconseje en defensa de sus propias vidas. 

Estos noventa días de “arresto domiciliario” decretado por un invisible enemigo, nos ha dejado profundas lecciones de vida. Hemos madurado en la forma de entender nuestra existencia. En nuestra intimidad hemos aceptado errores y prometido cambios. Solo Dios será testigo del encuentro con nosotros mismos, que hemos experimentado. Empezamos una nueva existencia, dando gracias de aún gozar de vida. Solamente hemos ganado tiempo en esta batalla. Aún resta por dominar la amenaza. Pero nuestro espíritu rejuvenece ante el anuncio largamente esperado. Regocijémonos y redoblemos esfuerzos para combatir la pandemia. Luchemos por sobrevivir.

¡VIVA LA LIBERTAD!(O)