Después de haber visto con impotencia y mucha tristeza los eventos en Ecuador, días después se vive algo similar en Chile. El incremento del precio en los pasajes del metro fue razón suficiente para colmar la paciencia de los chilenos, que por años han tenido que afrontar altos costos de salud, bajas pensiones y el continuo incremento en los precios de la gasolina, agua y electricidad. Vivo este proceso en Chile con la misma intensidad y anhelo de paz que lo hacía con Ecuador. Si bien las redes sociales han resultado una herramienta poderosa para conocer qué está pasando, quisiera compartir con ustedes lo que mis ojos ven aquí.
Es evidente que los medios de comunicación cumplen un papel importante, más aún en este tipo de eventos. Desde el viernes, los canales de televisión modificaron su programación regular para informar lo que estaba pasando en el país, mostrando los actos de violencia y vandalismo, la opinión de la población, de las autoridades y expertos. No han estado exentos a reclamos por tener una posición sesgada y obviar ciertas noticias, a lo que sin duda las redes sociales y los medios digitales han mostrado la cruda verdad compuesta por opiniones ciudadanas, excesos de autoridad, eventos de violencia policial-militar e información relevante como el horario de atención de supermercados, instituciones financieras y farmacias.
Los medios internacionales, en cambio, han hecho énfasis en el caos del país obviando el lado positivo de las protestas pacíficas. Me encuentro en una de las ciudades que han sido declaradas en estado de emergencia y si bien ha habido desmanes, suspensión de clases, situaciones de violencia y toque de queda, debo reconocer que una buena parte de la población sale diariamente a las calles para expresar su descontento con el gobierno de forma pacífica. Son grupos de jóvenes con caceloras, familias con niños portando carteles, personas de la tercera edad hondeando banderas; todos viviendo un mismo sentimiento de camaradería y anhelo de cambio para el país. A estas protestas pacíficas se han sumado los “cuicos”, lo que nosotros en Ecuador llamamos “aniñados”; barrios privilegiados, que quizá nunca se los esperaba en eventos de este tipo y aunque tengan una buena posición económica, también están indignados y expresan su descontento social.
También existe histeria colectiva relacionada a un desabastecimiento de alimentos. Era domingo en la mañana y en la comuna donde vivo las carnicerías tenían hasta 70 turnos de espera para comprar, mientras que las panaderías ya habían vendido todo su pan. El nerviosismo de la gente hacía que las filas en supermercados se extendieran y productos básicos como leche, huevos y harina se fueran con mayor rapidez.
Debo añadir las buenas experiencias, porque aunque estamos en momentos turbios e inciertos también existen historias de bondad y humanidad. Noticias de barrios organizados que han impedido que los delincuentes continúen con sus fechorías; vecinos que ofrecen agua a los protestantes pacíficos e incluso emprendedores que han hecho colectas para apoyar a otros emprendedores cuyos negocios habían sido destrozados.
He concluido que los últimos sucesos, independientemente del país, son consecuencia de gobiernos ajenos a la realidad, insensibles en sus decisiones, porque sus discursos son piadosos, cargados de falsas promesas mientras que las clases privilegiadas y los mismos mandatarios no dan el ejemplo, mantienen sueldos excesivos e incluso deudas con el Estado. Como respuesta, la población deja de creer, se siente defraudada y manifiesta su descontento. Sin duda estos eventos son un llamado de atención a los gobernantes en su accionar y una seria reflexión para el pueblo que los eligió.(O)