Después de dos intentos frustrados de viajar a Ecuador, finalmente el panorama resultó alentador. ¡La tercera fue la vencida!
Con PCR, carné de vacunación y solicitud de ingreso en mano… Con la maleta cargada de pisco, caramelos y hasta pan para regalar a la familia… Con la emoción y el nerviosismo de volver casi a los tres años, tomamos aquel avión que nos llevaría a la tierra añorada.
Y es que después de tanto tiempo, volver a Latacunga ha sido una experiencia agridulce. En mi memoria se quedó aquel rincón tranquilo y calmo, que incluso muchos llegaron a acusar de aburrido. Sin embargo, hoy la variedad de negocios dejan en evidencia el espíritu emprendedor de los latacungueños. Independientemente de sus razones para haber iniciado un negocio, se nota que hay esfuerzo, dedicación y creatividad. Si antes se decía que Latacunga era demasiado apacible y que las mejores opciones estaban en las ciudades vecinas, hoy se demuestra lo contrario. Bien por el comercio y el turismo de nuestra tierra, ojalá esto venga de la mano con el apoyo de las autoridades y los emprendedores no se sientan desamparados como casi siempre sucede.
Por otro lado, volver a Latacunga me deja la impresión que hay cosas que a pesar de los años no han cambiado. El tráfico, el comercio informal, el ruido y el caos siguen ahí, incluso en mayor magnitud. Aquel intento de mejorar el tránsito al colocar varios semáforos en el centro, ha resultado un atentado al ornato de la ciudad y la principal razón de congestión. El ruido, el irrespeto tanto de conductores y peatones en el afán de moverse, resultan pan de cada día, independientemente de la hora. Queda claro que la cura fue peor que la enfermedad.
Pero no todo ha sido malo, la amabilidad, buen humor y entusiasmo de la gente siguen intactos. Y esto me queda claro desde el momento en que visito algún negocio, pregunto por información o tengo la suerte de encontrarme con algún familiar o amigo. Me conmueve en el alma que a pesar del tiempo y la distancia el cariño y el aprecio se mantienen.
Sin duda, el paso de los años y una pandemia de por medio han hecho de las suyas. Pero puedo asegurar que a pesar de los cambios, sean buenos o malos, Latacunga sigue siendo mi HOGAR. (O)