La Constitución de Montecristi, que fuera el primer paso importante del siniestro proyecto político rotulado con fines mercantilistas como SOCIALISMO DEL SIGLO XXI, ha cumplido sus primeros y posiblemente últimos diez años de infeliz existencia. Los obscuros orígenes de este ejercicio de concentración de poder, fundamentado en el populismo, se remontan a los “sueños de perro” del sociólogo alemán-mexicano Heinz Dieterich Steffan, quien buscaba un comprador para su novela socio económica, hasta que lo encontró en enero de 2005 en el elegido presidente de Venezuela, Hugo Chávez.
El excoronel triunfó en las elecciones de 1999, tomado de la mano del Comandante Fidel, con el propósito de importar hacia su país el fracasado modelo comunista que agonizaba, sin pena ni gloria, ante la falta de auspiciantes, desde la caída del muro de Berlín. El Foro de Sao Paulo, encíclica política del comunismo del siglo XX, establecía los pasos que debían darse para acceder al poder “por las urnas”, dejando el uso de las armas para la historia. El pupilo Chávez siguió fielmente los pasos y accedió al poder, tal como lo imaginó su mentor. Lo difícil era aplicar un modelo sostenible, pues la receta cubana estaba descartada, y no había surgido su reemplazo.
“El camino es el socialismo” esputó el comandante en Porto Alegre, Brasil, en el V Foro Social Mundial del 2005, y presentó la fantasía inédita de Dieterich. De ahí en adelante “se construiría el modelo al andar” como lo han sostenido sus seguidores, Correistas incluidos. Este experimento otorga al ciudadano una participación PROTAGÓNICA en el ejercicio del poder y la toma de decisiones. Es una adaptación del libreto de Napoleón Bonaparte, cuando decapitó a los reyes que ostentaban el poder por “designio de Dios”. Y es una formalización de la demagogia populista, como eje central de la oferta neo socialista, para conseguir el ansiado votito y llegar al poder, como ulterior propósito.
Es por estas razones que nuestra Constitución se sustenta, utópicamente, en el ejercicio de la participación ciudadana. Pues, si bien es deseable que el poder lo ejerza el pueblo, las condiciones culturales y políticas de nuestra Región no están adecuadas para ejercerlo. Basta analizar el bajo grado de participación efectiva que hemos tenido en estos años de vigencia. Mientras que es evidente el mal uso que se le ha dado, como lo demuestra el recientemente elegido Consejo de Participación Ciudadana. Entonces, han logrado concentrar el poder al mismo grado que su Patriarca, que abandonó este mundo dejando un pueblo empobrecido al nivel que, tristemente, solo el pueblo venezolano lo puede igualar.
Dejando la manipulación Maquiavelista de lado, es pertinente resaltar que el poder radica en el pueblo, y que si este se organiza, serán sus mandatarios, los elegidos, quienes deban someterse a su mandato. Este ejercicio, cuando es conducido en libertad, como deberían ejercerlo los ciudadanos, refleja la expresión latina “Vox populi, Vox Dei”, la voz del pueblo es la voz de Dios. Esto se está difundiendo por el mundo, gracias a la cuarta revolución industrial, que con la tecnología ha desarrollado la informática de forma exponencial y promete frenar los abusos de la clase política, como ha ocurrido en el Estado Libre Asociado de Puerto Rico, a Estados Unidos de América, con la dimisión forzada por el pueblo a su Gobernador electo por voto popular, Ricardo Rosselló, tras varios días de protestas de un pueblo enardecido por su equivocado comportamiento. El pueblo ecuatoriano también es la voz de Dios. Está en nuestras manos hacer uso legítimo y apropiado de este poder. ¡Despertemos!(O)