Tengo la suerte de tener amigos a quienes casi duplico la edad. La diferencia de años más allá de la nostalgia del paso del tiempo me permite conocer y aprender a detalle qué hay de nuevo, diferente y extraño en esta generación de adolescentes.
Hace poco conversaba con un amigo, a quien por consideración lo llamaré en esta historia Israel. Un muchacho alegre, amable y ávido de aprender, acababa de cumplir 18 años, se encontraba en el último año de colegio y tenía el sueño de ingresar a la universidad para estudiar ingeniería mecánica.
Esta última vez no lo encontré de igual ánimo sino más bien preocupado y meditabundo. Me dispuse a escucharlo y a preguntar cautelosamente con el afán que tuviera la confianza suficiente como para contarme qué le pasaba. Tras un buen rato me dijo:” la vida es complicada”. A lo que yo respondí, que era lo contrario, que a los 18 estaba en una época maravillosa para aprender, vivir nuevas experiencias y disfrutar la vida. Que no había mayor responsabilidad que estudiar y hacer lo correcto.
¡Gran error el mío en haber dicho eso! Su rostro palideció y con la voz entrecortada me dijo “voy a ser papá”. Sentí la noticia, como un balde de agua fría; con la tristeza y desesperación como hubiera sido con un hermano. Me limité a preguntar cómo se sentía y qué pensaba hacer; a lo que respondió que ya había conversado con los padres de su enamorada. Ante la noticia más allá de la preocupación, también mostraron alegría y habían manifestado que un bebé no iba a ser impedimento para que ambos continuaran estudiando, que contaban con su completo apoyo. Israel por su parte se había comprometido en hablar con sus padres, con el afán que las dos partes llegaran a un acuerdo sobre su futuro y todos los trámites que conlleva traer un bebé al mundo.
Días después volví a encontrar a Israel, está vez más relajado y con su ánimo de vuelta. Asumí que la conversación de las dos familias había sido un éxito. Sin embargo, su respuesta me dio a entender lo contrario. “No tuve la necesidad de conversar con mis papás, sus padres ya se hicieron cargo del asunto”
Resulta que al final sus padres consideraron que un bebé sí era un impedimento para que su hija continuara con sus estudios y sus sueños. Así que fueron donde un médico para tratar “el asunto” de manera que los dos jóvenes continuaran con sus vidas como si nada hubiera pasado. Mal haría en juzgar esta situación, cada quien es responsable de sus actos y para bien o para mal debe asumir las consecuencias.
Esta historia se vuelve más alarmante cuando va acompañada de cifras. Según el informe presentado por ONU Mujeres “Mujeres ecuatorianas, dos décadas de cambios”, Ecuador ocupa el primer lugar en la región Andina y el segundo en América Latina en embarazos adolescentes. En el caso de la provincia de Cotopaxi, el sexto puesto a escala nacional con 3.085 casos registrados de madres adolescentes entre los 12 y 19 años.
Resulta irónico que pese a que nos encontramos en una época donde fácilmente se puede acceder a información, que hay mayor libertad para tratar temas de sexualidad, no existe todavía una guía adecuada tanto en el hogar como en las instituciones educativas como para que los jóvenes entiendan claramente las responsabilidades que implica el vivir su sexualidad a plenitud. Tal es así que de 10 mujeres adolescentes, 5 retornan a las casas de salud con un nuevo embarazo después de un año.
La llegada de un bebé casi siempre es motivo de alegría en el hogar, sin embargo cuando es inesperado en una edad temprana puede presentarse como un reto, dificultad y hasta un problema por resolver tal como la historia que narré. Para evitar decisiones difíciles, acciones que atentan a los principios y el respeto a la vida, siempre es necesario prevenir; de manera que los jóvenes estén conscientes de sus actos y actúen responsablemente.(O)

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