“Sin ti soy un pájaro perdido”, se escucha de modo melodioso. Se refiere al amor de Dios cobijando las almas que pululan por los rincones de la ciudad. Su nombre es Andersson y aunque sus ojos no ven, siente el cariño de la gente que le colabora.
Son aproximadamente seis años desde que ante la falta de oportunidades laborales para personas no videntes, optó por hacer un poco de música para los transeúntes de la urbe latacungueña.
El pasaje Tovar, la calle Marqués de Maenza y los alrededores de la Gobernación de Cotopaxi, son los sitios específicos donde canta desde las 10:00 hasta que muera la tarde. A veces la lluvia lo obliga a escampar por un momento, el sol lo sofoca, pero no le queda más que continuar.
Tiene un pequeño hijo que depende de él. El niño de cinco años tiene los sentidos completos. Ve el mundo. Le cuenta a su padre cómo son los rostros de aquellos que le apoyan con unas monedas. Son rostros cálidos. Gente amable que sabe que un pan no llega solo a la mesa y que, para Andersson las cosas no son fáciles. Nunca lo fueron.
A veces, esos rostros buenos se cambian por aquellos que empujan. Que insultan. Que no nacieron acompañados de un elemento importante: empatía.
“Vi como una vez, una señora con traje fino, de cabello teñido de rubio y muy maquillada le dijo que no estorbe en la acera, me sentí muy impotente”, contó Luisa Torres, una latacungueña que ve con ojos de tristeza la realidad de las personas con alguna clase de discapacidad en el país y en la ciudad.
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