La seguridad es un tema cotidiano en todas las esferas de nuestra sociedad. No es para menos, cuando estamos saturados de información que dan cuenta de múltiples formas de violencia, que nos dejan estupefactos y generan un sentido de impotencia. La preocupación se extiende a todos los miembros de nuestro núcleo familiar, considerando la vulnerabilidad que tienen. Las formas de atentar contra la seguridad de las personas, son ilimitadas, cubriendo todo espacio público y privado, a cualquier hora del día o de la noche, bien sea en lugares desolados o concurridos, en todo el territorio nacional.
Para entender la complejidad del tema, es necesario distinguir las formas de violencia que observamos. El primer lugar ocupa aquella derivada del tráfico y consumo de estupefacientes. Este mal transnacional obedece al hecho objetivo de ubicarnos junto al mayor productor de cocaína del mundo, que exporta su producción clandestina por el callejón ubicado en la zona fronteriza noroccidental de nuestro País, Esmeraldas y Manabí, gracias a la permisividad que obtuvieron del gobierno amigo de los socialistas del siglo XXI, frente a los controles más estrictos que tiene Colombia con decidido apoyo de los Estados Unidos.
La mayoría de las muertes violentas que llenan las primeras planas de todos los medios de comunicación, nacionales y locales, son relacionadas con los conflictos de territorio entre bandas organizadas, la mayoría de las cuales tienen nexos directos con carteles regionales, especialmente México, con tentáculos en los mercados norteamericanos y europeos. El nivel de conflicto que vive este hermano país, es lo que podemos avizorar para nuestro territorio.
En segundo lugar, ahora superada por la anterior causa, existe un nivel ascendente y muy preocupante de violencia intrafamiliar, fruto de lo cual se evidencian femicidios, violaciones de menores, jóvenes y adultos, que se mantienen en silencio por mucho tiempo, impidiendo que se ponga un alto al atropello de las víctimas. Este nivel de agresión es transversal en todos los estratos de la sociedad e involucran a personas del círculo familiar de las víctimas. Los esfuerzos por endurecer las penas a los infractores, no dan resultados efectivos para detener estos crímenes. La sociedad debe despertar ante esta triste realidad y actuar de forma integral para acudir en defensa de las víctimas.
En tercer lugar, guardando buena distancia, se ubica la delincuencia “común” que se relaciona con apropiación violenta de bienes, por parte de individuos que actúan solos u organizados en bandas, con cierta especialización. Muchos de estos improvisados delincuentes, son fruto del desempleo y la desesperación por alimentar a sus vástagos. La pandemia generó un elevado número de personas que perdieron sus ingresos. Lamentablemente, la inexperiencia les lleva en muchos casos a utilizar un arma para cometer la fechoría, que termina en homicidio involuntario de personas inocentes.
Existen muchas otras formas de violencia que rodean nuestra existencia. El mundo se ha vuelto más agresivo. La tecnología nos ha traído nuevas formas de atentar contra nuestra paz y tranquilidad. Pero debemos concentrar atención en los grandes males que se relacionan con el narcotráfico, la violencia intrafamiliar y la delincuencia común.
Ahora que iniciamos un año electoral, sin temor a equivocarnos, los ofrecimientos para luchar contra la inseguridad ocuparán el primer lugar. Escucharemos ofertas de todo calibre, provenientes de todos los actores políticos. Será un buen momento para demandar una discusión amplia y seria que permita unir fuerzas para combatir este flagelo que cobra vidas todos los días del año. La sociedad debe declararse en emergencia y reagrupar sus actores para enfrentar a estos enemigos de la paz. No podemos seguir limitándonos a manifestar nuestro estupor con el dedo pulgar.
¡CERREMOS FILAS! (O)