Cartones, eran su colchón, plásticos usados y unas frías mantas eran sus cobijas. Era las 07:00 de un lunes cualquiera en Latacunga. El sonido de los carros sonaba fuertemente, al compás de una vida absorbente y precipitada. No para “Juan”, quien había improvisado una cama al frente del Hospital General.
Dormía vestido, alerta. La vida en la calle no es sencilla, pero él aprendió a sobrellevarla. La ciudad a cielo abierto es su casa. Los puentes su techo y las veredas su cama. Tiene más de 50 años y lleva en esta dinámica 15 años. Antes de ello estaba casado, tenía una familia. Todo cambió cuando su esposa, quien parecía adorarlo puso sus ojos en alguien más.
Para “Juan” es difícil comunicar lo que pasó. En la mañana tiene resaca del día anterior. Consume licor todos los días a toda hora. Es ambateño y estuvo en rehabilitación dos veces. Su familia lo internó, buscó ayuda. Nada resultó. El hombre accede a conversar con el medio de comunicación por una sola razón.
“Que nadie más viva lo que yo estoy viviendo”, lo repite sentado en el mismo sitio donde durmió. Ahí donde su rostro es visible y no permite que lo fotografíen. Aún hay un rezago de dignidad. Durante las pocas horas de sobriedad que tiene, sufre, quiere escapar, pero las garras del alcohol son más fuertes, más duras, lo atrapan, lo envuelven no lo dejan volar.
“Estuve casado cinco años, mi mujer me amaba, parecía que vivía para mí, aguantaba mis malos ratos y a veces mi pobreza, pero creo que abusé, abusé tanto que ella se cansó”, cuenta con una mirada en la que no cabe espacios para el presente, solo vive del martirio del pasado. Aunque no tuvieron hijos la infidelidad de su esposa lo marcó tan profundamente que le cambió la vida.
Antes tenía un empleo formal, ahora vive vendiendo llaveros, billeteras, caramelos o de la caridad de las personas. Ha perdido la fe y las ganas de vivir, pero tiene espasmos de cordura en los que recuerda que aún está vivo y que hay esperanza.
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