Verlas tejer es envolver fibras de tiempo. Volver 100, 200 o más años en el tiempo. Cuando la hacienda Obraje de Tilipulo, se levantaba entre los llanos secos, con pencos y capulí que adornaban los campos.
Son más de cinco generaciones que sentadas en las sombras de los eucaliptos, permitían que sus manos hilen amorosamente la lana de las ovejas que criaron con ternura. “Cada vez son menos”, dice Jenny Tipanluisa, cuya suegra aún lo hace, pero no como una actividad permanente, lo hace para despertar recuerdos y mantener viva la tradición.
Tipanluisa cuenta que las hilanderas de Tilipulo eran más de 50 cuando ella era niña. Ahora a sus 40 años, cuenta que no son más de 15. Unas 10 mujeres y cinco hombres que a veces son visitados como un atractivo turístico vivo dentro de la zona.
Hay quienes hilan más por gusto y amor a su pasado que por algún redito económico, pues el negocio dejó de ser rentable cuando la industria textil se industrializó.
“Las personas mayores dicen que al hilar se tranquiliza el corazón, por eso, mientras envuelven, regresan al pasado, ven a sus seres queridos, los abrazan e hilan juntos. Es muy nostálgico”, dijo la mujer, quien añadió que durante las festividades de los barrios pertenecientes a la parroquia Eloy Alfaro, los y las hilanderas, suelen desfilar mostrando su arte, bailando y cantándole al viento, a los recuerdos, a la vida.
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